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miércoles, 21 de mayo de 2014

Un año en el Ala Oeste

Durante un año (salvando las resoluciones de la escalofriante Breaking Bad y de la desgastada Dexter) he vivido en el Ala Oeste de la Casa Blanca. En esto meses, largos y no exentos de marejadas, me he refugiado casi a diario en sus pasillos enmoquetados, experimentando los turbiones de su paso por el gobierno de la nación más poderosa del mundo. Sé que habrá quien considere tardía mi presencia en ese lugar, pero no es mi costumbre tener prisas por llegar a donde el paso del tiempo hará más gustosa la estancia. Por supuesto, conocía las opiniones que tildaban a esta serie de maestra, y me acerqué a ella incluso a pesar de toda esa persistencia en el elogio; años después de su emisión, me siento capaz de ratificar el magisterio de Aaron Sorkin en su creación y el firme pulso de quienes le ayudaron a sostener el interés de la trama durante siete temporadas; sólo siete, diría ahora.



Antes de continuar, aclararé que este post NO CONTIENE SPOILERS de la trama ni sus protagonistas; no soporto las revelaciones y, por eso mismo, excuso hacerlas siempre. Jed Barlet y su equipo llegaron a mí desde la persistencia de alguien adicto a The West Wing e insuperablemente conocedor de mis preferencias. Fue gracias a eso que me sumergí en los dos mandatos de un presidente demócrata de los Estados Unidos, viviéndolos como si me hubiera integrado entre sus asesores, revisitando junto a ellos el tiempo de tensiones políticas, informativas y personales ineludiblemente ligadas al desempeño de un cargo de responsabilidad; de cualquiera de ellos. Lo más de 150 capítulos de esta ficción televisiva incluyen todo lo que uno debería saber sobre la política, el poder, la comunicación y la maraña de relaciones que se tejen a partir de esa mezcla, tanto en los ámbitos íntimos como en los profesionales, si es que existe la posibilidad de seccionar esas dos dimensiones.

Después de muchas noches felices con ellos, aprecio a esos chicos: el institucional y sólido Presidente Barlet, su abnegada esposa Abbey, el volcánico pero genial Josh Lyman, Toby Ziegler y su enciclopédica sorna, la eficaz y resolutiva CJ Cregg, casi tan fiel a su jefe como lo es el aplicado Charlie Young, o la brillante Donna Moss, dulce y ejecutiva, aunque no tan diestra en el manejo de los argumentos como Sam Seaborn. Y, por supuesto, Leo McGarry, el jefe de Gabinete de Barlet (jefe del Estado Mayor, en la jerga yankee), sobre quien se sustenta una compleja red de equilibrios sin que apenas se aprecien esfuerzos por su parte para mantener todo el sistema en funcionamiento; un hombre discreto, inteligente, de sensibilidad extrema y firmeza inconmovible cuando la situación lo requiere. Un modelo de mandatario de quien muchos deberíamos aprender; un tipo sabio, bueno, fiel y de principios. A él, como al resto de miembros de ese grupo excepcional de seres humanos, les extraño sin parar desde hace algunas noches...

V

jueves, 17 de octubre de 2013

White, Dexter, los oscuros pasajeros

Casi todo está dicho ya sobre la excelente Breaking Bad, que durante cinco (más una) temporadas nos ha conducido con brillantez por la ruta hacia el infierno de Walter White. También se ha escrito ampliamente del otro final de serie de este año, el de Dexter, a quien acompañamos durante ocho temporadas como forense de la policía de Miami y asesino justiciero. No tendría sentido que yo las analizara ahora desde un punto de vista narrativo o televisivo cuando voces más autorizadas que la mía lo han hecho previamente; sólo la redundancia ya sería excesiva. Sí destacaré, no obstante, el medido pulso de Breaking Bad frente al exceso de alguna forma de 'triunfalismo' en Dexter; los responsables de la primera mantuvieron concentrada la esencia de su ficción, dándole la medida exacta que la historia requería. Quienes estuvieron al frente de la segunda se extendieron de más, exprimiendo cruelmente a unos personajes que a partir del excelente final de la cuarta entrega necesitaban una resolución rápida y bien definida.

Me gustaría detenerme, no obstante, en los dos protagonistas, compañeros de mi viaje (y del de tantos otros) durante los últimos años. A Dexter Morgan le conocí primero, me enganchó cuando White ni siquiera había nacido y me ha mantenido fiel a su peripecia hasta el final, a pesar de los brochazos de las tres últimas entregas. Su oscuro pasajero ('dark passenger' le llama él con voz susurrada) es una interesante aportación, una buena definición para esa cuota de mal que se aloja en ciertas personas -¿o será en todas?- y que, puesto que siempre terminaba apoderándose de él, consiguió domar para que su perjuicio condujera a un beneficio. Gracias a esa paradoja, Dexter se transformó ante nuestros ojos en un asesino simpático, un carnicero (el de la Bahía) capaz de hacernos comprender sus razones, de justificar su procedimiento y de llevarnos a sufrir con él cuando la posibilidad de ser descubierto le cercaba. Le entendimos y fuimos capaces de quererle así, en sus debilidades, en la pelea con Trinity y la desaparición de Rita, la responsabilidad sobre la vida y el futuro de Harrison, e incluso en la relación con su hermana Debra, personaje que se agigantó en la declinante parte final y por quien siento una especial debilidad. Dexter era un malo, pero era nuestro malo.



El caso de Walter White ha sido distinto. A él le entendimos con ternura en el primer capítulo; asistimos al advenimiento de su desgracia y le acompañamos en la búsqueda de una solución que pusiera a salvo a los suyos en el futuro; le quisimos en su deseo de imponer su 'presencia' protectora más allá de la muerte. Él, sin embargo, no dejó nunca de sorprendernos, a lomos de un proceso evolutivo como pocas veces he visto en un personaje: la llegada de Heisenberg, su deleite con las sensaciones de poder, riqueza, respeto, crueldad y miedo. White quiere a su familia, 'rompe en malo' por amor a ellos, pero el desarrollo de los acontecimientos le va volviendo un tipo diferente, infinitamente más complejo, alambicado, tortuoso, oscuro. Un malo de libro, que un día fue nuestro (y mío ha sido hasta el final, así soy yo), pero que fue sumando deméritos para dejar de serlo; había que entender de un modo muy profundo -y quizás inquietante- su 'oscuro pasajero' como para mantenerle la lealtad en la trepidante segunda mitad de la temporada final. Dexter Morgan y Walter White, por siempre historia de la televisión, representan dos variante del mal que podría habitar en cualquiera, dos modos de gestionar los impulsos irracionales y un abanico de interpretaciones morales que, finalmente, termina por lanzar una pregunta al espectador: ¿Alientas tú también un 'dark passenger'?

V

martes, 26 de febrero de 2013

Entre Walter White y Haneke

Durante el pasado fin de semana he alternado el final (pendiente de resolución en la americana AMC) de la serie Breaking Bad con el pase de la premiada Amour de Haneke; una doble experiencia de la que es difícil salir como si nada hubiera pasado. En ambos casos hay un mensaje profundo, denso, con mayor capacidad de llegada cuanto más en serio se lo tome el espectador; como en la mayoría de las obras artísticas, el receptor elige el nivel de lectura, y con él, las implicaciones que pueda tener en su vida fuera de la sala lo que está viendo dentro de ella.

Sin spoilers, hay en ambas producciones audiovisuales, tan divergentes en su punto de partida, un sustrato coincidente, un mismo tema de reflexión y análisis: el ser humano, sus pasiones ocultas, la capacidad de alcanzar cotas impensables (en cualquier ámbito) cuando se tocan aspectos muy sensibles de su persona. Breaking Bad y Amour hablan, en esencia, de lo mismo: de individuos asustados ante la magnitud de la vida y sus ramificaciones, de seres llevados a un extremo de máxima tensión, y que reaccionan frente a esa circunstancia como saben o pueden hacerlo; tratando de ponerse a salvo, de proteger a quienes aman, de asegurar su supervivencia o las de sus familias.

En Breaking Bad la experiencia es más extremada, más loca podría decirse, pero en la evolución de Walter White (y por supuesto en la de Jesse Pinkman) hay mucho de lo que cada uno de nosotros podría llegar a ser si se viera frente a sus mismos condicionantes; tal vez, y este comentario es sólo para "avisados", no ahondaríamos tanto en nuestros aspectos menos bondadosos, pero sólo tal vez no lo haríamos... En Amour, sin embargo, la trama es más austera, sobria, dolorosa; quienes se sienten frente a la pantalla harán un viaje sombrío junto a Trintignant y Riva (soberbios ambos, sobre todo ella) y se plantearán preguntas de mucho calado: sobre el sentido profundo del amor, la generosidad y la entrega, acerca de cuánto estamos dispuestos a hacer (en toda dirección) por la persona a quien amamos.

Como ya he dicho que no quiero marcarme un spoiler involuntario, aquí lo dejo. Con la recomendación de ver ambas y el trailer de la primera temporada de las aventuras del Profesor White, su periplo será más "divertido" para el espectador a lo largo de esas cinco brillantes temporadas de televisión.



V