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lunes, 31 de agosto de 2015

Septiembre siempre es un camino

Comparto la teoría de quienes sostienen que el año tiene, al menos, dos posibles comienzos: el de enero, no siempre renovador, y en cualquier caso, apenas un lapso invernal, y ese otro de septiembre, el de los cursos que arrancan, los debuts laborales, el regreso de las vacaciones y los limbos a la vida sin excusas. En este mes retornábamos al colegio, pero no lo hacíamos para continuar como si nada hubiera pasado, sino que caminábamos al encuentro de novedades que podrían transformarlo todo: un profesor diferente, conocimientos superiores, compañeros distintos y, tal vez, una chica capaz de embobarnos antes de tiempo, en un protoenamoramiento tierno y lleno de suspiros dolientes.

Septiembre, entonces, empezaba a adquirir en nuestro imaginario una forma destinada a mantenerse a lo largo de los años: la del camino que comienza. En esa Atlántida de nuestros juegos, descubrimientos y primeros besos, llegar a septiembre era una aventura apasionante, un latido que se nos agarraba al corazón, rebrincándolo de ilusiones y deslumbramientos; nada parecía resistir al impulso renovador de ese mes que poblaba el suelo de hojas secas, deshaciéndose de lo viejo para apostar por el fruto que habría de venir. Septiembre te ofrecía la posibilidad de reinventarte, de abandonar la crisálida de tu infancia y alzarte sobre la altura de tu nuevo tiempo, erguido de palabras y miradas, convertido ya en el futuro que un día te soñaste.



Los años nos han ido dando esquinazo desde entonces, sucediéndose con la torrencialidad de las escorrentías del agua en las tormentas que clausuraban, ayer como ahora, los veranos de la calima y el sesteo de aspecto insustancial. Todo ha cambiado su piel, pero en septiembre resiste ese impulso de camino que comienza, la invitación carismática de un mes que, pasado el tiempo de los pupitres y el encerado, todavía mantiene su condición de inicio; será un trabajo, una nueva vida, la relación que se intuye o esa otra que, superado el ecuador de las horas compartidas, ha enraizado con fuerza; tendrá que ver con el estreno de una ciudad, la llegada a un desafío diferente o el redescubrimiento de la vocación que nos mantiene fieles al mismo empleo, pero entre las primeras luces doradas del otoño, volveremos a recorrer el sendero, y sentiremos que la brisa de lo desconocido nos eriza el vello de los brazos. Entonces, nos subiremos el cuello de la chaqueta y apretaremos el paso para entrar en calor, la comisura del labio en la sonrisa condescendiente de quien se sabe en el cumplimiento de su destino.

Suerte a todos en la partida de este septiembre de caminos. Mi deseo para cuanto arranca son los versos de Kavafis en Ítaca:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

V

jueves, 30 de octubre de 2014

Una vida en random

1. Me despierta la radio, siempre lo hace; ha sido una noche agitada, casi todas lo son, llena de sueños muy intensos, ciertamente reales, con sobresaltos que me hicieron regresar sudoroso. El agua de la ducha, hirviendo, parece llevárselo todo, no obstante, dejando la piel lista para estrenarse en el horizonte de un día nuevo.

2. Mientras desayuno pongo en orden las tareas pendientes; parece que será una jornada llena de actividad, pienso mientras decido el menú, es preciso alimentarse bien si se pretende resistir al nivel requerido: pan, fruta, algo dulce, café, los ingredientes van deslizándose por el aparato digestivo con paso inapelable.

3. Tal vez, en su camino hacia el estómago, todos esos nutrientes adviertan disfunciones en mí; adiestrados para precipitarse a gran velocidad por un organismo estándar, descubrirán las peculiaridades que conforman mi carácter, ese PH levemente ácido de mis fluidos o la alambicada sucesión de mis curvas, sus ángulos muertos.

4. Curvas. Necesito viajar cuanto antes, mejor hoy que mañana, y desde luego no debo dejar que el año termine sin haber hecho la maleta. No importa a dónde ni por cuánto tiempo, el viaje es en sí mismo el motivo mismo de viajar. Recuerdo la Itaca de Kavafis: 'Cuando emprendas tu viaje a Itaca / pide que el camino sea largo / lleno de aventuras, lleno de experiencias'.



5. El viaje, en mí, está muy relacionado con la música. Nunca emprendo la marcha sin cargar con mi reproductor y su arcón sin fondo de melodías. A veces dejo al random elegir nuestra banda sonora, en otras ocasiones, repito en bucle una y otra vez las mismas canciones, mis grupos o autores preferidos, las letras en cuya reiteración pareciera estar buscando claves más íntimas.

6. La música es para el movimiento igual que la literatura halla su espacio en la quietud; en todo viaje me acompaña algún libro, generalmente varios. Puedo prescindir de ropas y zapatos para hacerles hueco en mi equipaje; no me molesta su peso, al contrario, en su corporeidad hay un mensaje de pertenencia, ellos son parte de esa materia que está en mi origen profundo; algo nos emparenta más allá del puro intelecto.

7. La capacidad intelectual, el pensamiento, esa Atlántida de seres racionales a la que nos aferramos para tratar de ser diferentes del resto de los animales, mejores que ellos, más distinguidos o menos arbitrarios. La inteligencia como el valor supremo de nuestra vida; su ausencia, o el desprecio hacia sus manifestaciones más evidentes, como una muestra grosera de cuánto podemos traicionar las mejores esencias del ser humano.

8. No deja de ser fascinante la complejidad del hombre, su constitución a base de capas muy diversas que se superponen hasta dar un engañoso acabado final, la condición humana. Intuyo que será la combinación de esos distintos estratos lo que determine los rasgos del carácter, aunque también sospecho que hay en la fetidez de los elementos más sórdidos un innegable factor de atracción para muchos; tal vez les narcotice ese aroma dulzón y acre de la podredumbre,

9. Todo se pudre, nuestro cuerpo lo hace tras la muerte, como también las vigas de nuestras viviendas e, incluso, los cimientos de la sociedad en la que, sin remedio, estamos incardinados. Nada escapa a la descomposición, pero a veces jugamos a embobarnos con la ficción de la supervivencia, ignorando el ruido de demoliciones de nuestro entorno, olvidándonos de quienes se disolvieron ante nuestra mirada, tratando de seguir la marcha, como si nada, con una bicicleta sin radios.

10. La radio otra vez; una mañana más su juego de voces conocidas, la familiaridad de sus acentos y entonaciones, esa cierta seguridad que emana de su rutina en el despertar tras cada madrugada. La radio y después la ducha, y más tarde el desayuno, y organizar el día, y dar vueltas, sin entender muy bien por qué, a esa sensación de que todo en nuestra vida tiende a la repetición, a un random particular compuesto de idénticos elementos.

V