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jueves, 3 de julio de 2014

Poliédrico, una sorprendente excursión al origen



Volvía a casa pensando en actualizar el blog y, de repente, ha regresado a mi cabeza. Es un texto antiguo, mucho, aunque al buscarlo y releerlo, me he sorprendido al encontrar en él más trazas de mi literatura actual de lo que tenía en la memoria; la voz, según parece, comienza a existir bastante antes que nuestra conciencia de ella. Se llama 'Poliédrico' y lo hice a la carrera para uno de esos certámenes de microrrelatos que cierto medio digital convocaba con plazos de presentación muy limitados, de una única mañana aquí; en este caso la excusa era el estreno de la excepcional 'Babel' de González Iñárritu, y el título de la película, la palabra que todo participante debía incluir en su pieza. A mí, casi de corrido, me salió esto; aunque es un dato sin la menor importancia, quedó entre el listado (amplio) de quienes fuimos considerados 'ganadores'. Prácticamente ni eso recordaba ya, y sin embargo, cuando me he sumergido en su lectura, he tenido la impresión de estarme enfrentando a algo de ayer, de esta mañana, un relato todavía próximo a mí, fresco, vivo, con cierto latido familiar surcando sus venas.


Poliédrico 
Aguantar la tensión entre las voces que habitan en mí, con la sensación no ser ni uno ni muchos, como si fuera una figura poliédrica imposible de asentar sobre un aparador. Decidir si hoy soy príncipe o mendigo; si me mato o la mataré a ella cuando doble la esquina, feliz e insustancial; si apuesto por la palabra o me abrigo en el páramo del silencio. Ser a pesar de todo, incluso a pesar de mi propio deseo, y conseguir que la angustia no me paralice los miembros y me condene a una existencia entumecida. Trepar cada mañana por los escalones de mi torre, sabiendo que esa misma escalada me hará caer a los infiernos, así es mi Babel.

V

martes, 25 de junio de 2013

Microrrelato: El espíritu de Nadia


Hace algunas semanas decidí alzar la vista de la novela en la que se centran desde hace meses todos mis esfuerzos y desengrasar la musculatura narrativa con un microrrelato. No es un género que toque con asiduidad, esencialmente porque me siento más cómodo en distancias más largas, pero me apeteció probar suerte, recordarme en ese espacio corto e intenso, y tomar parte en un concurso -no desvelaré cuál- de amable significación para mí. Como sucede en la inmensa mayoría de estos casos, mi texto no resultó seleccionado; otros -no dudo que mejores- merecieron superior consideración por parte del jurado. Sin embargo, hoy lo he releído y, después de hacerlo, me apetece compartirlo con los lectores de esta página web, mi literatura también es vuestra en la medida en la que la seguís con fidelidad y cariño. Lo titulé 'El espíritu de Nadia'.

V



El espíritu de Nadia

Cuando despertó, la luz ya estaba teñida de apocalipsis. Un estruendo de cacharrería saturaba el espacio sonoro, llenándolo con resonancias de desastre y tornando todavía más irrespirable esa atmósfera un tanto fosforescente. Su primera reacción fue cerrar los ojos, apretarlos fuerte y desear que hubiera una alternativa en la tormenta de estrellas alucinadas de sus parpados cerrados. Al abrirlos de nuevo, todo continuaba en esa falsa quietud que precede a las tragedias; cada objeto en su lugar, todos ya un poco lejos de él.
Alargó el brazo y tomó el móvil; el piloto rojo alertaba de la llegada de un mensaje: “Ha estallado”, decía. Con el aparato en la mano, se concedió un nuevo instante de sosiego; sería el último en muchos meses. Luego saltó de la cama con gesto felino, cogiendo a la carrera un pantalón y metiéndose en él al tiempo que encendía el televisor. Como tantas veces había anticipado, las imágenes se parecían a las de sus peores madrugadas de insomnio.
Sin perder tiempo, se dirigió al armario; el equipaje de huida llevaba años preparado, sólo debía bajarlo del altillo… Y ahí fue cuando todo se desconfiguró: un instante de lucidez le trajo a la memoria el depósito de recuerdos de su vida completa. Los años lejanos de una infancia feliz, el ejemplo sereno de los padres y, mucho más cerca, ese compromiso férreo, valiente, insobornable, de Nadia, su espíritu y la voluntad pétrea con la que empleó hasta el último átomo de su existencia. Alzó la vista y recuperó su mirada opalina, profunda, determinada; y supo que no podía marcharse: si lo hacía sería indigno del amor que ella le profesó hasta la muerte.
Con tranquilidad, entonces, retornó la bolsa a su lugar, se sentó frente al ordenador y empezó a teclear instrucciones a sus contactos; al fin, tenía una misión que le llenaba de sentido, y pensaba cumplirla. 

jueves, 23 de mayo de 2013

Hedionda ceniza

Hoy me vino a la memoria ese título, "Hedionda ceniza", y me recordó al microrrelato del que procede, una primitiva aventura de ficción en el certamen de un periódico digital en la que, con espontaneidad e inconsciencia, me decidí a participar hace bastante más de una década. Con el marco máximo de seis horas, una extensión de algo más de cien palabras y la obligatoriedad de incluir el término "digital", mandé mi aportación para la categoría de relatos eróticos. El texto que sigue, arqueología literaria, fue finalista en ese concurso; ahora lo recupero para compartirlo con vosotros.

Hedionda ceniza
Nuestro mundo privado comprimido perdura en mi memoria, igual que una huella digital alienta una identidad completa. El tacto del cabello húmedo, el olor de tu cuerpo sudoroso y los restos de sal que el llanto dejaba en tu rostro laten vívidos en mi retina. Recuerdo la entrega incondicional de un sexo que nos redimía, cuando tus labios buscaban mi pecho y mi cuerpo se insertaba en el tuyo, en busca de una trascendencia conjunta. Nada queda ya de esas vigilias, de las madrugadas de gemidos y placer en las que mi esencia se licuaba en el semen que anegaba tu vientre. Como la hedionda ceniza que sucede a los fuegos más bellos, un olvido sin nombre ni piedad separa ahora nuestros cuerpos.

V