lunes, 19 de noviembre de 2018

Prontuario del otoño


1.- Éste es tiempo de luces engañosas y sol desvaído, conviene no descuidar nunca las reservas, de todo tipo. Si se está en ese momento de querer explorar cualquier escenario, es, quizás, el contexto adecuado para hallazgos y deslumbramientos; también rinde de forma óptima para quien ya no encuentra nada que perder en sus bolsillos: en los recodos inesperados se esconden posibilidades infinitas. En todo caso, la velocidad atenuada de sus días encarta una invitación para el recogimiento y la calidez; más de lo que lo hará el invierno, aunque pudiera parecer una controversia, porque a su frontera se arriba con hartazgo por la claridad cegadora de la suma de los veranos.

 2.- Los veranos son tan hermosos en su origen que, en ocasiones, nos llevan a olvidar la crueldad que late bajo su piel sedosa. Los días son largos, y esa condición que luce fama de privilegio, es milimétricamente la misma que convierte cualquier condena en irrespirable. Conocí (todos lo hemos hecho en alguna ocasión) a una persona que presentó su renuncia justo cuando el sol alcanzaba el cenit de las jornadas más lujuriosas, todos los elementos conjurados para que el tránsito de las horas se alambicara en una sucesión de placeres y disfrutes. Allí, ante el estupor de quienes se sentían jóvenes e imparables, decidió que no le compensaba seguir.

 3.- Si lo piensas bien, seguir es aceptar la dictadura de la inercia, sea cual sea su signo. Es cierto que en el auge de los excesos nadie se plantea cómo mitigará el hambre cuando se acabe la ambrosía; pero siempre se acaba, ésa es la lección que convendría tatuarse para conjurar el mal de altura. Lo contrario a seguir, entonces, sería establecer una ruta aleatoria, caprichosa, quebrada, que se fiara sólo al instinto y organizara el desplazamiento de acuerdo a dos únicas premisas: manda la sangre y cada dos años es obligado revisar el rumbo. Así, en esa otra tiranía del pulso y la imaginación, uno puede estar seguro de que nunca habrá traicionado su verdad.

 4.- Todo el que se ha mirado en un espejo conoce su habilidad para deformar la verdad, los labios perfiladísimos y el borde de la mirada excesivamente volcado hacia los abismos; ninguno somos como muestra el espejo condescendiente de nuestro dormitorio, tampoco iguales a lo recogido en ese otro azogue gobernado por la tiranía de los demás. Al final, el (des)equilibrio entre nuestras realidades y ficciones termina por transformarse en la más decisiva de todas nuestras batallas: sólo quien es capaz de frenar el fiel de su balanza en la proporción correcta entre ambas magnitudes encuentra el entorno adecuado para no sobredimensionarse ni limitar el alcance de sus potencias.

 5.- Pero todos los otoños encierran una semilla de luz, un tesoro que requiere del mimo y la paciencia de quien se sabe en el vórtice de sus momentos. Hacer germinar esa promesa ilimitada no suele ser una cuestión de acierto, sino de perseverancia; con frecuencia la naturaleza no es tan receptiva con la genialidad como sensible al sacrificio o la confianza, tan a menudo de límites confusos. Hombres talentosos se encerraron durante años en lugares de mágico ascendente, y sólo unos pocos elegidos consiguieron tocar con dedos temblorosos la superficie irisada de la belleza, la respiración entrecortada por el tamaño de una hermosura para la que no estaban preparados, que les sobrecogía.




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jueves, 4 de octubre de 2018

Tetralogía de los Elementos (I): 'Tierra'

Este año, con motivo de la publicación de la revista 'Zafra y su Feria', inicio la 'Tetralogía de los Elementos'. 'Tierra' es el primero de ellos, el reconocimiento de la raíz y su influencia silenciosa.
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lunes, 23 de abril de 2018

Coleccionista

No quieras saberlo todo. Nadie soportaría un deslumbramiento así; hay demasiados datos en un desnudo para una pupila no acostumbrada a ellos, saturada por la superposición de planos e interpretaciones. No quieras saber tampoco si hubo alguien antes de ti: siempre, en toda situación o lugar, ha habido otro que te madrugó el turno y llegó primero; es así incluso en las experiencias debutantes, todas construidas sobre un anhelo tan pertinaz y temerario como para desgastar la superficie de lo aún inexistente, inconsciente en su utilización de lo que sólo es deseo.

Hubo un tiempo, quizás lo intuyas, en el que me dediqué a coleccionar. No sabría decirte con qué propósito, y tampoco hubo en su origen una afición determinante; empecé con la intención de combatir el aburrimiento, y se me hizo costumbre en la inercia de los hábitos. Podría concretarte con certeza mi primera colección -fue de botellas-, pero soy incapaz de cerrar la lista íntegra del resto; tampoco es grave, en cualquier caso, enumerar es un modo de convertir algo en nada. Coleccioné durante años y con un afán algo enfermizo; y un día dejé de coleccionar, a partir de un parteaguas al que se le puede dar una entidad individual, pese a que hacía tiempo que me había percatado de que acumular objetos me iba convirtiendo en algo menor, prescindible, almacenado o almacenable.

Tuve una etapa profundamente material: de las botellas me pasé a los sellos, y de ahí a las monedas; era todo tan obvio que se me podía trazar por anticipado. Así que decidí coleccionar lo que nadie más reunía: calcetines con agujeros, cacharros oxidados, muñecos rotos... debo reconocer que el encanto de la fealdad me sedujo; había en su historia inconclusa un desafío como individuo, el reto de desencriptar el enigma y sobrevivir a sus implicaciones.




Más tarde jugué a reunir momentos, experiencias, sensaciones o conatos de ellas, un ejercicio muy estimulante en la intensidad del minuto, pero insuficiente en el afán de perdurar: los sentimientos se vuelven objetos desleídos a una velocidad inaceptable. Confieso que hubo un momento en que me hastié de todo y barajé la idea de ser el más avezado de los coleccionistas: reunir ojos en lugar de miradas, dedos para sustituir a las caricias, y bocas que reemplazaran a los besos. Pero me faltó la valentía necesaria para ejecutar un plan tan ambicioso; lo justifiqué en mi aprensión por la sangre y corrí el turno, definitivamente inhabilitado, eso sí, para continuar en el coleccionismo.

Rendido a la evidencia del fracaso como coleccionista, hoy me conformo con ensimismarme en el reflejo absurdo de mis mentiras, reconstruyendo la extenuante constelación de las oportunidades falladas, tantas que el recuento público se convertiría en el retrato de una demolición. Dejémoslo estar, entonces, en una evolución vital, algo sin mayor valor o importancia, el movimiento lógico de quien hizo el camino desde una pléyade de potencialidades esperanzadoras hasta una realidad, digamos, decepcionante.

V