jueves, 16 de julio de 2020

Una cubierta que cierra el círculo

El proceso de escritura de una ficción, ya lo he publicado en más de una ocasión, es un camino en donde vas encontrando elementos que no siempre esperas. Esos hallazgos pueden darse en lo narrativo, pero también suceden con frecuencia en los temas, la identidad o las características de los personajes, y la estructura final del texto. En la aventura que es escribir un libro, sabes el lugar del que partes, pero en muy rara ocasión vas a dar al territorio que figuraba en tu hoja de ruta inicial. Y está bien que así sea, no sólo porque es uno de los alicientes impagables para quien se sienta a fabular una historia, sino porque en ese flujo de lo inconsciente aparecen mimbres de gran riqueza, de cuya existencia no estabas advertido y a los que, por tanto, no llegarías por medio de una ejecución meramente racional y perfectamente pautada.

Apenas Fractales no es una excepción a esta norma, y su construcción, la más dilatada en el tiempo de todos los libros que he escrito, responde a esa hibridación entre la voluntad del autor y las imposiciones de su imaginación que habitualmente define la literatura. En los cinco años que esta obra tardó en madurar, fueron muchas las circunstancias que intervinieron en ella, alterándola y provocándome el desvelo de conseguir que todas las piezas que se me iban revelando encajaran en una construcción que tuviera sentido. En otro momento abordaremos la importancia de los fractales o la Teoría General de Sistemas en el resultado final, pero hoy es momento de centrarse en el último de todos los hallazgos, el que completa la travesía: la imagen de la cubierta.




La fotografía que ha ocupado la portada, y que tan bien representa la estructura compleja, metódica e imperfectamente infalible de los fractales, es la de un grafiti callejero, un mural urbano cuya existencia yo desconocía, pero que se encuentra en la misma calle del centro de Madrid en la que yo vivía mientras escribía la mayor parte de esta novela. Después de algunos años alejado de esa ubicación, un amigo que estaba implicado conmigo en la búsqueda del diseño de la cubierta, me hizo llegar una captura de esta intervención, revelándome la escena que debía servir como presentación del texto a los lectores, pero no sólo eso, sino cerrando, además, el círculo de este libro que durante tanto tiempo me ha acompañado. Como su germen, la mayor parte de sus historias y páginas, y el espíritu que la gobierna, la imagen que hoy define a la novela estaba allí, en el mismo lugar, esperando silenciosa y eficiente a que los ojos adecuados la descubrieran para rematar una ficción que, ahora sí, está dispuesta para abandonar nuestras manos y llegar a las de los lectores, sus propietarios últimos, a quienes ya se dirige con la decisión de lo inevitable.

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jueves, 11 de junio de 2020

Aquellas pequeñas cosas que alumbran una novela


Como lector me ha interesado frecuentemente conocer de dónde proceden las novelas, cuál es la imagen o el chispazo en el que prende la trama posterior. Así supe que Antonio Muñoz Molina se había servido de su propia inexperiencia en las tareas más incómodas de la paternidad para construir al Comandante Galaz sin vocación de El Jinete Polaco. También que García Márquez se impulsó en la canción 'Aquellas pequeñas cosas', de Joan Manuel Serrat, para encontrar en alguna de sus obras ese algo después del que todo comienza a suceder. Porque es así: del modo más accidental -o menos académico- das con el primer verso (el que "regalan los dioses") o la idea que enraíza en tu imaginación, y a partir de ahí da comienzo el proceso creativo.

En el caso de Apenas Fractales todo sucedió en un avión que sobrevolaba el Atlántico Norte. Era el 1 de enero de 2014 y, sentado en el asiento de aquel vuelo de American Airlines, parecían darse las circunstancias adecuadas para descansar un poco. Llevábamos 24 horas enloquecidas, con vuelos desviados, escalas imprevistas y carreras para no perder varios enlaces, que habían concluido en el malabarismo de que todo finalmente cuadrara y nos acercáramos al destino que durante muchos momentos pareció escaparse de nuestras manos. Cansado, con un libro cerca y una bebida para deshacer el sofoco, apareció la idea. No era el momento idóneo, mis cuadernos iban en el portaequipajes y lo más socorrido que tenía al alcance para tomar las notas iniciales de la novela era una servilleta; la que acompaña estas líneas.

Desde aquel día, esa servilleta de American Airlines ha estado guardada en el cuaderno donde se fueron desperezando los conceptos que en ella apunté con celeridad, guiado por una iluminación de cuyo origen ni siquiera hoy estoy seguro. Cuando en este tiempo previo al cierre definitivo de la novela, que ya se encamina hacia los lectores, he revisado las notas que compusieron la trama y fueron desarrollando los temas iniciales, he vuelto a toparme con ella. Y no sin sorpresa, me he percatado de que en la simplicidad de su caligrafía están todos los elementos que componen el texto que seis años después verá la luz: la técnica macro-micro para resaltar la diferencia entre las estructuras sociales o de poder y el hábitat y las relaciones de los individuos, la teoría que vertebraría los capítulos -que pudo ser la del Caos, pero al final fue la Teoría General de Sistemas-, y los tres fractales de ficción -la tripulación de una nave espacial, un Gobierno y la pareja- que más tarde se completarían con el fractal de realidad. Todo en una servilleta, en poco más de una docena de líneas esbozadas al azar una mañana de enero, tras una Nochevieja atípica, en mitad de un vuelo, sin más explicación que esa. O con toda esa explicación.

Y es que, como para García Márquez, Muñoz Molina o el propio Serrat, a veces todo depende de algunas pequeñas cosas...






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martes, 7 de abril de 2020

Luz en la distopía: RIL publicará 'Apenas Fractales'

Cabalgamos una distopía como jamás hubiéramos imaginado, extrañados en la experiencia nueva del confinamiento, incapaces de anticipar la espiral de cambios que nos sucederán, y a merced de lo que un virus desconocido hará con nosotros, hasta hace unas fechas tan ufanos de nuestras potencias. Nos hemos sumido en una sombra tan difusa como innegable, pero en todo tiempo de oscuridad y crisis aparecen soluciones, luces que destellan con claridad y que se convierten en guías de optimismo capaces de cambiar el signo de nuestros días. En los míos emerge ahora una de esas noticias que difícilmente olvidarás, por siempre un recordatorio de la ambigua dualidad de los acontecimientos: la editorial RIL apuesta por llevar hasta los lectores mi nueva novela, 'Apenas Fractales'.



'Apenas Fractales' es un texto en el que he venido trabajando, con una regularidad entrecortada, entre los años 2014 y 2019, lo que supone el periodo de creación de una obra más amplio de mi vida. Ha sido así porque me costó encontrar el engranaje entre el juego de realidad y ficción que presenta, armar sus tramas en torno a la Teoría General de Sistemas, y configurar el conjunto como un enorme fractal, la alegoría de la tesis que el libro propone. El resultado final sitúa al lector frente a la doble dimensión del ser humano, por un lado una realidad compleja, evolucionada y trascendente, pero también un resorte mínimo, casi insignificante, en la configuración global de la sociedad.

El nuevo libro no tiene fecha de lanzamiento todavía: con la vida esclerotizada en nuestros balcones, las librerías cerradas y los lectores centrados en el malabarismo afortunado de revisar o actualizar su lista de lecturas con los 'víveres' de sus estanterías previas a la crisis, solo tendrá sentido entregaros 'Apenas Fractales' cuando fluyamos de nuevo, la umbría ya un refugio para los acalorados. En ese momento, la generosidad de la rama española de la editorial chilena RIL permitirá que conozcáis a Volta, la peripecia de los miembros de la Hiperión, el sufrimiento del Presidente Ranchal al frente del Gobierno, y el amor imposible de Belén y Hernán. Mientras eso sucede, iremos desvelando algunos detalles del proceso que alumbró y depositará en vuestras manos esta novela; por ejemplo esta canción de Love of Lesbian, un asidero férreo en mis momentos de duda que en estos días vuelve a cobrar sentido.




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