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miércoles, 16 de octubre de 2019

Tetralogía de los Elementos (II): Fuego



Como la Feria de cada año, ya está aquí la segunda entrega de la Tetralogía de los Elementos, ahora acercándose al concepto del fuego, que todo lo destruye, purifica o transforma.

https://issuu.com/vcharneco/docs/fig.docx
(para el texto en issu)

Tetralogía de los elementos (II): FUEGO

Para Ana y Lea, la luz y el fuego en los que todo renace.
‘Quemémoslo todo, absolutamente todo.
El fuego es brillante y limpio’
Ray Bradbury. Fahrenheit 451
Hay un momento en el que pensarás que no existes. La acumulación de la temperatura y los gases narcotizarán tu cerebro, y comenzarás a vivir en una realidad paralela. Quizás en la más fiel de todas las realidades posibles, aunque eso no lo sabrás entonces. Las crepitaciones se solaparán con los crujidos del material que va consumiéndose, generando una burbuja acústica sólida, impenetrable, saturada de reverberaciones; un ecosistema sonoro en donde te sentirás cómodamente instalado desde el primer minuto.

Arderás en el fuego de tus convicciones, y ya nunca volverás a ser la misma persona, ese tipo de expresión reconcentrada para quien todo lo ajeno se encontraba a una distancia sideral, tan alejado de su eje principal como para haberse vuelto invisible. No era mal humano ese hombre a quien se acaba de incinerar; es más, en ciertos momentos, se trató de un individuo magnético, interesante, heroico en su determinación por coronar cada una de sus cimas. Pero ya no es su tiempo, y como todo lo que se queda desactualizado, estaba abocado a la extinción, a convertirse en una caricaturesca reliquia del pasado.
El hombre que fuiste no desconocía el fuego que le destruyó, pero lo cultivaba de un modo distinto, el ardor entonces como un estímulo flameante capaz de tornarse incendio si los hechos lo precisaban. Aquel muchacho de mirada febril tenía la fuerza de un huracán; no siempre era capaz de contener ese caudal de energía, pero era admirable en la determinación, implacable cuando se fijaba un objetivo; tanto da si era acertado o erróneo. Como todo ser debutante, ese individuo ahora reducido a cenizas se perdió en causas estériles, romántico e ineficaz en la búsqueda de combates inservibles, casi más preocupado por la estética de la confrontación que por su poso de justicia. Combatió en muchas guerras, podría apuntarse, y en bastantes de ellas salió victorioso; en no pocas ocasiones, esas victorias fueron pírricas, equivocadas, sólo un modo de ahondar en lo que le separaba del mundo. Quizás el atemperamiento de su ardor primero se podría tomar como la causa profunda de ese fuego ulterior; y, sin embargo, no se visualiza en el origen de su transformación: su encalmada podría identificarse más con la lógica de quien encuentra la fatiga en la reiteración del conflicto, más hastiado por la sucesión de las batallas que satisfecho de sus victorias.
Nadie de buen fondo está cómodo en la hostilidad rutinaria, cuando los mecanismos de la defensa han comenzado a solidificarse y los músculos, de tan entrenados para la crispación, empiezan a perder las habilidades de la sutileza. El tacto, entonces, se vuelve áspero, recio, una barrera para cualquier contacto más allá de la agresión. La piel, desposeída de su dotación para acercar los cuerpos y en el sinsentido de su fragilidad sensitiva, es obligada al encallecimiento o la erosión. No hay término medio en ese ambiente bélico, y las almas de espíritu pacífico optan por retirarse, apenas ya una entidad automatizada en las obligaciones de la defensa; el corazón a buen cobijo, algo menos resolutivo, pero mucho más seguro.
Y un día, como por ensalmo, la simiente remota de todo lo que nunca has sido comienza a germinar en ti: súbitamente te descubres en un gesto complacido, simpático, generoso o tan solo despreocupado. Ese algo, que tal vez en ciertos momentos de debilidad sentías en algún espacio umbrío de tu conciencia, empieza a brillar; su luz, progresiva, va ocupando áreas con la sigilosa seguridad de lo que no puede ser combatido, el calor irradiándose con lentitud, despacioso e imparable. Con frecuencia, el afectado por la transformación no es capaz de identificar la espoleta que detonó el cambio; en ocasiones, la concatenación de las circunstancias es tan delicada que ni tan siquiera un sismógrafo podría establecer el punto en donde se inicia la implosión, cuándo el movimiento de las placas tectónicas de quien uno ha sido comienza a generar las fricciones de donde ha de emerger quien uno ya es.
Y entonces aparece el fuego.
El fuego. Tan místico y necesario, temido, feroz, purificador y destructivo en un mismo ente, una miríada de haces entrelazados en una danza hipnótica y letal. El fuego, del que primero descubrirás que no siempre quema, sus llamaradas surcándote la piel en un cosquilleo difícil de interpretar, tibio y reconfortante. El fuego, que inicialmente se aplica a la tarea de desvastar todo lo accesorio, enconado en la eliminación de elementos que sólo más tarde entenderás como prescindibles; las llamaradas, no obstante, escandalosas, elevadas e intensas, un castillo flamígero y aterrador, alimentado en su pretensión de infinitud por la paja de rápida combustión de todo lo que no precisas para seguir adelante. Luego la vibración de sus ascuas, tanto más reconfortantes cuanto mejor muestran en los matices de sus luces las sombras que se escondieron tras ellas durante años. Y, por último, la hedionda ceniza de sus miserias exhaustas, un olor nauseabundo que, por fortuna, dejarás atrás sin percatarte.
El fuego en una fase distinta después, desatándose en tu interior, prendiendo en los deseos que aparcaste o diste por amortizados, demasiado preocupado por lo fútil, cegado en las bombillas incandescentes de lo inexplorado, lo bello, lo vertiginoso y hasta lo exclusivo. Sin criterio, podría decirse; e incluso más, en el criterio cortoplacista de la juventud: tan hambriento de vida como para saciarte en sus afueras, el estómago estragado por la mesa colorida de los snacks baratos; los alimentos de intenso sabor más allá de tu hartazgo. Las llamas de ese nuevo estadio albergarán la sabiduría telúrica de hurgar en tus puntos de fuga, hábiles como las manos de un relojero, su filo acerado recordando la precisión quirúrgica del bisturí mientras hiende la carne. La flor de la sangre que desborda la herida se asemejará a las que ornamentaban los patios de tu infancia, fragantes en su belleza cotidiana, un aroma que se impresionó en tu recuerdo y libera ahora el turbión de sensaciones del niño que soñaba con los ojos abiertos durante las siestas en las que nunca lograba dormirse.
Ese fuego nuevo es de una intensidad desconocida, vivaz, las tonalidades doradas, rojizas y anaranjadas desplazando por completo la gama tétrica de los azules, creando una nueva forma de combustión, un fuego diferente, renovador, que construye la realidad al tiempo que la ilumina. Es fuego, eso logras sostenerlo con certeza empírica, pero tus dedos lo acarician sin quemarse, la superficie de seda resbalando por tus yemas, dejando en ella un eco de sensaciones que te impactan por su hierática contundencia. Nada parece amenazador, móvil o agresivo; la situación es estática, acogedora en su tranquilidad, de apariencia lógica o inocua. Y, sin embargo, cala en tu interior como no lo hizo ninguna tormenta previa, la lluvia penetrando en tu piel, insertándose en ti con la fluidez de su deslizamiento. De improviso estás dotado con una condición de impermeabilidad permeable: nada de lo innecesario atraviesa tus capas externas; todo lo trascendente anida y crece en ti, transformándote en un ser distinto, una versión evolucionada y perfecta de tus mejores virtudes.
El fuego. El fuego creciendo en tu interior, desatado, incontenible y furioso. Pero con una furia sin violencia ni imposiciones, un movimiento atronador, torrencial, beatífico.
El fuego que enraíza en tu carne, haciéndose uno con la sangre, marcando el pulso y acompasándolo a los ritmos ancestrales que se guarnecían en ti aunque lo desconocieras todo sobre ellos. El fuego que no sólo se integra en tu sangre, sino que se convierte en ella, alterando su genética, reproduciendo su esquema en un nuevo ser, la vida que se forja en el fuego, que emerge del fuego, que sobrevive y es capaz de derrotar a todos los fuegos.

Hubo un momento en el que pensaste que no existías, pero ese lapso está ya tan lejano que no serías capaz de dilucidar si en algún instante fue cierto. Ardiste, eso sí, puedes afirmarlo. Que ardiste como lo hace todo lo destinado a desaparecer. Y que renaciste desde ese polvo, limpio, de vuelta en lo esencial, más completo de lo que nunca creíste que se podía estar.

V

lunes, 19 de noviembre de 2018

Prontuario del otoño


1.- Éste es tiempo de luces engañosas y sol desvaído, conviene no descuidar nunca las reservas, de todo tipo. Si se está en ese momento de querer explorar cualquier escenario, es, quizás, el contexto adecuado para hallazgos y deslumbramientos; también rinde de forma óptima para quien ya no encuentra nada que perder en sus bolsillos: en los recodos inesperados se esconden posibilidades infinitas. En todo caso, la velocidad atenuada de sus días encarta una invitación para el recogimiento y la calidez; más de lo que lo hará el invierno, aunque pudiera parecer una controversia, porque a su frontera se arriba con hartazgo por la claridad cegadora de la suma de los veranos.

 2.- Los veranos son tan hermosos en su origen que, en ocasiones, nos llevan a olvidar la crueldad que late bajo su piel sedosa. Los días son largos, y esa condición que luce fama de privilegio, es milimétricamente la misma que convierte cualquier condena en irrespirable. Conocí (todos lo hemos hecho en alguna ocasión) a una persona que presentó su renuncia justo cuando el sol alcanzaba el cenit de las jornadas más lujuriosas, todos los elementos conjurados para que el tránsito de las horas se alambicara en una sucesión de placeres y disfrutes. Allí, ante el estupor de quienes se sentían jóvenes e imparables, decidió que no le compensaba seguir.

 3.- Si lo piensas bien, seguir es aceptar la dictadura de la inercia, sea cual sea su signo. Es cierto que en el auge de los excesos nadie se plantea cómo mitigará el hambre cuando se acabe la ambrosía; pero siempre se acaba, ésa es la lección que convendría tatuarse para conjurar el mal de altura. Lo contrario a seguir, entonces, sería establecer una ruta aleatoria, caprichosa, quebrada, que se fiara sólo al instinto y organizara el desplazamiento de acuerdo a dos únicas premisas: manda la sangre y cada dos años es obligado revisar el rumbo. Así, en esa otra tiranía del pulso y la imaginación, uno puede estar seguro de que nunca habrá traicionado su verdad.

 4.- Todo el que se ha mirado en un espejo conoce su habilidad para deformar la verdad, los labios perfiladísimos y el borde de la mirada excesivamente volcado hacia los abismos; ninguno somos como muestra el espejo condescendiente de nuestro dormitorio, tampoco iguales a lo recogido en ese otro azogue gobernado por la tiranía de los demás. Al final, el (des)equilibrio entre nuestras realidades y ficciones termina por transformarse en la más decisiva de todas nuestras batallas: sólo quien es capaz de frenar el fiel de su balanza en la proporción correcta entre ambas magnitudes encuentra el entorno adecuado para no sobredimensionarse ni limitar el alcance de sus potencias.

 5.- Pero todos los otoños encierran una semilla de luz, un tesoro que requiere del mimo y la paciencia de quien se sabe en el vórtice de sus momentos. Hacer germinar esa promesa ilimitada no suele ser una cuestión de acierto, sino de perseverancia; con frecuencia la naturaleza no es tan receptiva con la genialidad como sensible al sacrificio o la confianza, tan a menudo de límites confusos. Hombres talentosos se encerraron durante años en lugares de mágico ascendente, y sólo unos pocos elegidos consiguieron tocar con dedos temblorosos la superficie irisada de la belleza, la respiración entrecortada por el tamaño de una hermosura para la que no estaban preparados, que les sobrecogía.




 V

lunes, 23 de abril de 2018

Coleccionista

No quieras saberlo todo. Nadie soportaría un deslumbramiento así; hay demasiados datos en un desnudo para una pupila no acostumbrada a ellos, saturada por la superposición de planos e interpretaciones. No quieras saber tampoco si hubo alguien antes de ti: siempre, en toda situación o lugar, ha habido otro que te madrugó el turno y llegó primero; es así incluso en las experiencias debutantes, todas construidas sobre un anhelo tan pertinaz y temerario como para desgastar la superficie de lo aún inexistente, inconsciente en su utilización de lo que sólo es deseo.

Hubo un tiempo, quizás lo intuyas, en el que me dediqué a coleccionar. No sabría decirte con qué propósito, y tampoco hubo en su origen una afición determinante; empecé con la intención de combatir el aburrimiento, y se me hizo costumbre en la inercia de los hábitos. Podría concretarte con certeza mi primera colección -fue de botellas-, pero soy incapaz de cerrar la lista íntegra del resto; tampoco es grave, en cualquier caso, enumerar es un modo de convertir algo en nada. Coleccioné durante años y con un afán algo enfermizo; y un día dejé de coleccionar, a partir de un parteaguas al que se le puede dar una entidad individual, pese a que hacía tiempo que me había percatado de que acumular objetos me iba convirtiendo en algo menor, prescindible, almacenado o almacenable.

Tuve una etapa profundamente material: de las botellas me pasé a los sellos, y de ahí a las monedas; era todo tan obvio que se me podía trazar por anticipado. Así que decidí coleccionar lo que nadie más reunía: calcetines con agujeros, cacharros oxidados, muñecos rotos... debo reconocer que el encanto de la fealdad me sedujo; había en su historia inconclusa un desafío como individuo, el reto de desencriptar el enigma y sobrevivir a sus implicaciones.




Más tarde jugué a reunir momentos, experiencias, sensaciones o conatos de ellas, un ejercicio muy estimulante en la intensidad del minuto, pero insuficiente en el afán de perdurar: los sentimientos se vuelven objetos desleídos a una velocidad inaceptable. Confieso que hubo un momento en que me hastié de todo y barajé la idea de ser el más avezado de los coleccionistas: reunir ojos en lugar de miradas, dedos para sustituir a las caricias, y bocas que reemplazaran a los besos. Pero me faltó la valentía necesaria para ejecutar un plan tan ambicioso; lo justifiqué en mi aprensión por la sangre y corrí el turno, definitivamente inhabilitado, eso sí, para continuar en el coleccionismo.

Rendido a la evidencia del fracaso como coleccionista, hoy me conformo con ensimismarme en el reflejo absurdo de mis mentiras, reconstruyendo la extenuante constelación de las oportunidades falladas, tantas que el recuento público se convertiría en el retrato de una demolición. Dejémoslo estar, entonces, en una evolución vital, algo sin mayor valor o importancia, el movimiento lógico de quien hizo el camino desde una pléyade de potencialidades esperanzadoras hasta una realidad, digamos, decepcionante.

V

miércoles, 28 de febrero de 2018

Si yo fuera

Si yo fuera quien fui seguiría entregando el alma tras cada balón, persiguiendo en el arco incierto de su vuelo los sueños por estrenar, desollándome las rodillas en los esfuerzos sin que el dolor consiguiera frenar mis ímpetus ni la sangre me impresionara. Si tuviera los ojos limpios de ese tiempo iniciático, continuaría perdiendo el aliento en la observación del mundo, maravillándome ante cada descubrimiento, creyendo sin dudas o sospechas, firme en el propósito de comprenderlo todo; incapaz de entender que nadie es capaz de abarcar tanto.


Si yo fuera quien crees que soy me habría conjurado para evitarte cualquier dolor, hurtándote del duelo y las lágrimas, edificando en torno a ti -a todos a quienes me gustaría preservar- una cúpula de inviolabilidad y confort, cálida y soleada, surcada de placeres sin culpa. Si atesorara en las fibras de mis músculos un poder tan descomunal, haría retroceder de tus pies las sombras, a partir de entonces ya ni siquiera una posibilidad remota; doblegaría los hierros inevitables de la existencia, limaría las aristas con las que el mundo, de tanto en tanto, se nos equivoca, y acolcharía todos los amaneceres.




Si yo fuera quien soy garantizaría la sangre, mi sangre, esa sangre que es hueso y esencia, latido, suspiro, la debilidad del alimento y el sentimiento que fortalece la estructura del tuétano. Si así lograra ser, presentaría el aval de mi memoria, tal vez la herramienta más fuerte de todas, la que salva la distancia oceánica de los olvidos y acoraza la experiencia; también pies ágiles y manos leves, cantarinas, livianas en la asunción de tareas de precisión, y fiables cuando se requiere de ellas un soporte a prueba de conocimientos o certezas. Y sangre. Mi sangre. También la tuya.


Si yo fuera quien seré tendría la mirada templada de los que están en paz consigo mismos, atolones únicos y confiables en mitad de la tormenta, de todas las tormentas, una por una o en su conjunto aterrador; rayos, nieves, fuegos, todo amenazas menores. Si llegara a ese grado de fiabilidad, querría ser suelo firme, sólido, fértil, un espacio donde echarse a descansar o cultivar alimentos, en el que educar a las generaciones futuras, hogar y plataforma, si es que no son el mismo término; albergaría en mí, entonces, guijarros e ideas, los materiales básicos del caldo primigenio que todo lo genera.

V

lunes, 2 de octubre de 2017

'Ciudad Subterránea', un relato sobre los pliegues de la realidad

En la tradición de mi aportación anual a la revista 'Zafra y su Feria', que tan firmemente me ata a mi raíz y me conecta con mis orígenes, este año el relato es el que sigue, 'Ciudad Subterránea', una reflexión sobre los pliegues que habitan nuestra realidad, insertándonos en dimensiones desconocidas, o eliminándonos de ellas...

V

martes, 20 de junio de 2017

Pensar en círculos




El ambiente está cargado de una cierta electricidad remolona, capaz de lo mejor y de lo peor, un deseo circular y endogámico, sabio en su reiteración, pero también demasiado insistente, incómodo por la estática ensordecedora de su minúsculo zumbido, tan ínfimo como penetrante. No sirve de mucho resistirse a lo inevitable, y sin embargo, lo hacemos, en una parte importante de las ocasiones porque no tenemos el conocimiento de que será inmutable, y en otras porque nos concebimos en el absurdo titánico de las causas perdidas. Como si cambiar el signo de los acontecimientos se pareciera a modificar las fechas en una vieja agenda de papel.

Cabe contemplarnos con ternura resabiada, admitiendo que el ejercicio de la resistencia es merecedor de la admiración de quienes lo observan, con independencia de su firme candidatura al fracaso, poético y desprestigiado, y sin embargo, todavía magnético y poderoso. Somos la voluntad o no somos nada, siendo que esa capacidad para resistir toda eventualidad está construida a partir de la contumacia de la palabra, de la férrea solidez con la que el pensamiento teje su urdimbre de argumentos, motivaciones, desenfrenos y nostalgias. Todo lo que se explica a partir de una argumentación granítica tiene garantizada la supervivencia, tanto da lo desorbitado de su objetivo.

Son las palabras, cargadas y agitadas, que tienen el poder de transformar el tiempo.

Hay veces, no muchas ni tampoco pocas, en las que defraudamos nuestras propias expectativas; qué decir de las del resto. Son casos -no muchos ni tampoco pocos- tan clarificadores como necesarios: nadie se edifica sobre la planicie átona de lo siempre acertado, exitoso o correcto; en el rompepiernas del fracaso residen muchas de las respuestas que precisaremos más adelante, cuando fatigas y dilemas se afilen en la piedra de lo insalvable.  Y como en esos juegos detectivescos, sólo quien va haciendo el acúmulo de las pistas correspondientes tendrá, en el trance final de lo decisivo, las herramientas necesarias para resolver el acertijo de la vida -quizás nada más que para sobrevivir a él-.



Los pensamientos circulares tienen una capacidad de evocación casi mágica, la prodigiosa tendencia a enroscarse en tu cabeza para, cuando la maraña ofrece su apariencia más confusa, sorprenderte con aquello para lo que no estabas preparado; ideas, respuestas, soluciones o desafíos, todo puede salir de un pensamiento que gira y gira igual que un derviche persiguiendo su trance. No hay solución para algo así, tampoco está claro que se trate de un asunto que requiera de soluciones: pensar, aunque sea en círculos difíciles de comprender, ya es mejor que cualquier otro plan...


V

domingo, 19 de febrero de 2017

Soy. Ante las 'Abstracciones Poéticas' de David Rodríguez Caballero



Somos todo lo vivido, qué obviedad, las risas, las lágrimas, los recuerdos que se nos impresionaron a fuego en las circunvoluciones del cerebro, el hambre y los lamentos, el luminoso hallazgo de lo que nos desarbola, y la aterradora ligereza que experimentamos cuando somos conscientes de nuestra fragilidad. Somos un listado infinito de influencias, muchas de las cuales no tenemos registradas conscientemente; nos cuesta identificar el beso que terminó con la inocencia, las muertes que nos demolieron, la primera vez que sentimos el latigazo urgente de un deseo oscuro, o ese aleatorio cruce de caminos que cambió nuestra trayectoria cuando más firme y definitiva parecía; tenemos problemas para reconocernos en las debilidades, las culpas o las mezquindades, por más que estén y nos determinen.

Algo tendrían que contar las estaciones, algo dirán las terminales de aeropuerto, los bares donde nacieron cinco de nuestras canciones, las noches en que tu chica te decía: 'Nunca más'.
Quedó algo de nosotros en esos lugares, en el lavabo de señoras y en el puerto, en la butaca del cine, en una boca de metro, en todas esas esquinas que solíamos doblar.

Yo soy el fruto de domingos infinitos, invencibles, que se alzaban sobre la rutina de la semana y parecían llenar de luz cada rincón, cálidos y seguros como el refugio del edredón en las madrugadas en las que todo se llena de aristas; pero soy también esas madrugadas interminables, con sus mil callejones oscuros, amenazantes, y la determinación de seguir caminando, siempre e innegociablemente. Soy el resultado de horas en terminales de aeropuerto, en estaciones, en bares, de la sensación fascinante del descubrimiento -ciudades, libros, películas, personas; descubrir es un acto poliédrico-, de la determinación, la esperanza y el sueño; soy el insensato que todavía cree, y que seguirá haciéndolo hasta el último suspiro, buscándose en los universos paralelos, en los coches donde no pensaste jamás que subirías, en las novelas y la cadencia armónica de la carrera, en la afirmación de lo que crees por encima de las conveniencias y las circunstancias. Soy una voluntad consciente y decidida, un deseo que no está dispuesto a ceder, adaptado o en transformación, pero todavía vigente, siempre vigente, irreductible, inasequible al conformismo o la rendición.

Soy el resultado de las experiencias que tuvieron la capacidad de dejar una huella en mí, que atraviesan mi universo y dejan en él una trepidación reconocible, movilizadora, un estímulo que me desafía para ponerme en marcha. Soy quien lleva días dándole vueltas a este post después de haberme renovado en el deslumbramiento por la obra del escultor David Rodríguez Caballero, de sentir que en sus 'Abstracciones Poéticas' había una llamada tan poderosa como esas marañas de metales que juegan con la construcción del espacio y la luz, livianas en su rotundidad y capaces de reinvertarse en cada perspectiva, hermosas y elegantes, afiladas. Soy quien lleva en sus retinas los trazos seguros, lúcidos y brillantes, de sus marañas de pared, esos dibujos en metal que se muestran hipnóticos a la mirada, que captan tu atención desde el otro lado de la sala y no te permiten alejarte de ellos, atraído por la red infinita y delicada de sus líneas entrecruzadas. Soy el que extiende la mano y deja que sus dedos se electricen con la fuerza de las máscaras, las yemas sintiendo la tradición telúrica de su origen en la superficie arañada, surcada por las vetas del lijado, irisada por la luz, como si incluso ella necesitara un permiso especial para deslizarse por los caminos dorados del latón; soy quien mira esas piezas, una y otra vez, y siente que el tiempo se le escapa veloz, que necesita sentarse, levantar la pantalla del ordenador y retomar la sinfonía de las pulsaciones sobre el teclado, de tratar -tantas veces en vano- de reproducir con palabras el bellísimo ritmo de esas obras inolvidables, de engranar en un texto el turbión de ideas y sensaciones.



V

viernes, 27 de enero de 2017

La fibra larga de la literatura en la vigencia de 1984


Fibras de Tipo I. Estas fibras basan su funcionamiento principalmente en la respiración celular, utilizando grandes cantidades de oxígeno. Como consecuencia de esto, poseen una gran resistencia a la fatiga, pero generan una fuerza mayor ya que sus contracciones son más lentas. Su potencial de crecimiento, en cuanto a hipertrofia se refiere, es bajo. Por sus características, son las fibras que soportan el esfuerzo en actividades físicas de larga duración como las carreras de larga distancia, maratones, etc.

La clave es la respiración celular, el oxígeno que, en grandes cantidades, es distribuido por su superficie, facilitando ese proceso. Aire respirado, tan simple, siempre tan complejo; y a partir de ahí, el misterio de la química, un elemento que nos envuelve, casi siempre inadvertido, transparente, inodoro, y que se transforma en la pieza clave de todos los mapas. Aire en respiración celular y una gran resistencia a la fatiga, la de las fibras de Tipo I, la fibra muscular larga, capaz de generar una fuerza mayor en el falso equívoco de su contracción más lenta.

Según la definición, estas fibras son las indicadas para esfuerzos físicos de larga duración: las carreras de larga distancia y los maratones, concreta. Quedan identificadas, pues, como la herramienta de los corredores, el recurso al que se aferran cuando las fuerzas se les van agotando y el oxígeno, qué contradicción, pareciera remolonear en el camino hacia los pulmones, los alveolos saturados en el esfuerzo, extenuados por su hermosa misión de aprisionar el ingrediente único de la vida y el sudor. Son las artífices de esa zancada adicional, la que se lanza un poco sin fe, más confiado a la voluntad que a la certeza de obtener éxito en su trayecto, temiendo no ser capaz de dar ni una más, y sorprendiéndose cuando se advierte que hay energía para otra, y otra adicional, y una tercera a la que siguen la cuarta, la quinta y la sexta, para retomar con otra larga serie que lleva a perder la cuenta...



El texto de referencia se completa, no obstante, con una frase lapidaria, destinada a desanimar a quienes persiguen la voluptuosa expresividad del musculo ostentoso, su ruido, tal vez también los réditos de su furia. "Su potencial de crecimiento, en cuanto a hipertrofia se refiere, es bajo", sentencia esa oración simple, de una sola subordinación, quizás envenenada. No ha de esperar el usuario de fibra larga, traduzco, clamores de piscina, silbidos tras las esquinas o miradas de indisimulado arrobo; no, esos bienes les son otorgados a quienes -y me tomo aquí la licencia de citar la definición de la fibra corta, o IIB- trabajan las que "tienen un potencial de crecimiento mayor y desarrollarlas hará que nuestros músculos se vean más grandes" (sic), eso sí, en un acto de justicia poética completa la línea con un escueto, y demoledor, "sin embargo, son las que se fatigan antes".

Fibra larga, menos explosiva y sin embargo prácticamente indestructible, es la de la literatura, el texto que rara vez despierta silbidos y que, no obstante, se mantiene en el esfuerzo, zancadas silenciosas y progresivas que le llevan hasta la línea de meta de la más larga y extenuante de las carreras. Sucede con frecuencia que los amantes del sprint y las gestas basadas en el alarde entierran rápido los libros y su capacidad para reflejar, influir y hasta cambiar el mundo; sucede, en una cadencia igualmente cíclica e inexorable, que las buenas obras no sólo envejecen bien, sino que suelen encontrar pliegues en la realidad por donde consiguen mantener su vigencia. George Orwell publicó en 1949 la novela distópica 1984, ahora vuelve a ocupar los primeros puestos de las listas de ventas; hay algunos que se sorprenden por ello, quizás no saben que las fibras del Tipo I, largas e inasequibles al desaliento, raramente se rinden.

V

lunes, 2 de enero de 2017

La baliza de la 10




Empezar a escribir un libro nuevo es un ejercicio de incertidumbre. Partes de una idea, tienes algunas orientaciones de hacia dónde podrías dirigirla, y cuentas con el patrimonio básico del hambre, la necesidad de ir desentrañando las fibras que componen ese todo que, desde la distancia, visualizas como un cuerpo único, compacto, informe y con infinitas posibilidades; algo así como el bloque de mármol en donde el Miguel Ángel escultor ya creía ver un alma que sus manos podían recuperar. Con esas intuiciones, comienzas a bracear en una oscuridad tan densa y disuasoria que en ocasiones parece no ofrecerte otra alternativa que la renuncia; apenas asistido por una brújula herrumbrosa, has de asumir un mar de decisiones acerca del tono, los personajes, el enfoque, los ritmos y hasta el lenguaje, un exhaustivo catálogo de aseveraciones sobre las que no sabes nada.

Y comienzas. El primer día con el ímpetu de lo que se toma pletórico de ganas, el segundo cabalgando la decisión, para el tercero recurres a la fe en las rutinas, y a la altura del cuarto estás más pendiente de despejar tus propias dudas que de encontrar las respuestas que precisa la narración... si has llegado hasta aquí, tendrás poco menos que nada, y eso no será demasiado preocupante si decides seguir adelante; el problema se solidificará si te paras a analizar el resultado de tu trabajo. Porque entonces te situarás frente a la realidad de lo conseguido hasta ese instante: un texto dubitativo, indefinido, quizás contradictorio, y donde no sabrás aislar ni una pincelada remota de ese chispazo de tu imaginación que dio origen a todo; de la hermosa proyección que buscabas alcanzar.

Crisis será ahí la palabra que defina tu situación; crisis, miedo y, tal vez, el impulso de abandonar esa labor descomunal que no te sientes capaz de abordar. Y en ese lugar, también, estará la posibilidad de uno de los aprendizajes más valiosos en literatura: perseverar, continuar con el trabajo, hacer caso de las intuiciones y, cuando éstas se demuestren equivocadas, tener la flexibilidad de corregirlas; acumular materiales narrativos, avanzar en lo poco que se tenga claro y esperar a que la dinámica de la escritura te vaya ofreciendo más tarde hallazgos y alternativas. Cuando consigas entender que en ese pequeño hatillo están buena partes de las herramientas que necesitas para construir la historia, estarás mucho más cerca que nunca de un objetivo que seguirá a cientos de miles de kilómetros de ti.

Para mí el punto de no retorno de una obra nueva está en la página 10, lo que yo llamo la baliza de la 10, el momento a partir del cual ya no tienes la posibilidad de echarte atrás; hasta ese punto, tu navegación habrá sido costera, alegre, curiosa o inconsecuente, desde ese enclave, las corrientes se presentarán poderosas, el litoral estará tan lejos que no podrás regresar a él a nado, y sólo tendrás ante ti la opción de seguir con el intento. Nadie te garantizará tampoco que continuando vayas a ser capaz de alcanzar tu objetivo, pero siendo que podrías ahogarte tanto si retrocedes como si avanzas, optas por ir hacia adelante. No es un momento sencillo porque te enfrenta a una disyuntiva sin alternativas cómodas: aceptas rendirte o apuestas por un desafío titánico que no sabes si conseguirás completar; aun así, remas. Das una palada, otra, una serie seguida sin tomar aire, y otra más despaciosa cuando logras conducir el oxígeno hasta tus músculos; estás en ruta, y no podrías soñarte en un escenario mejor.

Yo crucé la baliza de la 10 en los últimos días de 2016; así pues, 2017 es para mí un inmenso océano de posibilidades que surcaré con la mejor de las determinaciones, sin prisa ni pausa, con cautela y arrojo, sabiéndome en el vórtice de mi obsesiones creativas, instalado en la máxima felicidad. Remando, remando, remando.

V

jueves, 20 de octubre de 2016

Latido

Un latido. El comienzo de todas las cosas es siempre un latido; quizás pueda parecer una perogrullada, pero hay pocas realidades más invisibilizadas que ésta, rara vez una señal pasó inadvertida con tan reiterada frecuencia. El golpe de un latido, y no el golpeteo, no sólo por evitar el tópico de su onomatopeya, sino por no faltar a la verdad: no hay aquí una sucesión rítmica de señales -o no la hay todavía, es cuestión de tiempo que suceda-; es un único, determinante, sutil, síntoma de lo que se viene gestando. Un latido precede el dolor, está en el origen de cualquier idea, y es la palanca de toda pasión. Toc. Un latido. Y empieza.

Quien ha sentido la presencia del latido, y más tarde ha comprobado cómo la senda que abre se torna torrencial con inusitada velocidad, ya conoce la fortaleza de esa evidencia física; y ha aprendido a temerla, también cuando ha de conducirle al oasis; especialmente si le obligará a transitar desiertos o infiernos. Podría ser, entonces, que ese individuo albergara la tentación de hacer oídos sordos a la llamada de su instinto, queriendo aparentar el desconocimiento, y hasta generándose el espejismo de la ignorancia; de lograr su objetivo, apenas se apuntaría la pírrica victoria de la postergación: a un latido le sigue otro, y otro más, y un tercer latido, seguido del cuarto y casi aprisionado por el quinto... la secuencia, ahora sí, es la de un golpeteo, una tunda de evidencias imposibles de soslayar.



Así pues, en mitad del silencio o haciéndose atronador entre el ruido, de repente surge un latido. Toc. Si ya sabes de su existencia y le respetas lo suficiente para no tratar de embaucarle en absurdos volatines de tahúr, cuando le reconozcas comprenderás que todo está por cambiar, una vez más. Tal vez entonces la memoria te devuelva una secuencia de flashazos cegadores, los haces de luz estroboscópica alumbrando episodios anteriores con una celeridad hipnótica, mostrándote en los picos altos del ciclo y recordándote los tiempos abrasadores del barro... con el regusto metálico de la sangre saturándote las papilas gustativas, sabrás que ha llegado el momento; estés o no preparado, habrás de asumir el nuevo reto, los músculos tensos y la neuronas afiladas, nerviosas en la contención de sus potencialidades. Toc. Ha dado comienzo la cuenta atrás; y sí, estás preparado.

V

lunes, 1 de agosto de 2016

40

Quiero creer que la que abandono es sólo la primera mitad de mi vida, y que, por tanto, todavía me espera la felicidad de volver a vivir todo lo que ha convertido estas cuatro décadas iniciales en una experiencia imperecedera. Confío en que la nueva edad -tan mítica, tan temida, tan Nate- tenga los arrestos de superar el millón de momentos inolvidables que han hecho de los treinta un recorrido fructífero, gratificante y fortalecedor, un camino en el que, por fortuna, los desafíos han sido afrontados, y en la correcta combinación de los matices, superados. No diré que todo fueron alegrías, ni tampoco que no me dejé sueños, ilusiones o fuerzas en esa travesía de días, inviernos y largas caminatas bajo el sol, pero en el umbral último y plateado de sus años, puedo decir que los treinta merecieron la pena, que disfruté viviéndolos y que salgo de ellos fortalecido, curtido por las experiencias, maduro pero con hambre todavía, dispuesto a seguir porfiando porque los meses no me transiten la piel con la desidia fría de lo abúlico.

40. Desde este primer día de agosto ésta será mi edad, la iniciada por el cuatro, mi quinta década, un espacio en donde parece lógico suponer que seguiré afrontando momentos de cuya capacidad transformadora no podré sustraerme. No tengo miedo al futuro. Quizás en algún momento de mi vida sentí los vértigos de lo desconocido; ahora no, no me preocupa lo que está por llegar, me siento con la energía, la determinación y la mentalidad necesarias para hacer frente a cuanto se presente ante mi ojos; no desviaré la mirada, no rehuiré la pelea, nunca, jamás, me rendiré ante circunstancia alguna; todo lo viviré con la intención de apurar el trago de sus enseñanzas, transitaré con entusiasmo cada jornada y continuaré en la búsqueda constante de aquello en cuyas líneas consigo leerme, luchando por reconocer mi voz en cualquier cosa que me implique; sin temor a que mis huellas se reconozcan sobre el terreno.



30. Adiós a esa década imprescindible en la que ascendí peldaños que en ocasiones creí imposibles; en los treinta me marché a Nueva York para soñar los 'Duelos' que, casi cinco años después, vieron la luz en el tramo final de 2013; también escuché los estruendosos susurros de Martín, de Bruno y de Edna para escribir el 'Devuélveme a las once menos cuarto' que en 2012 me permitió culminar el tránsito improbable y mágico de la escritura. En este tramo de mi existencia, además, llegó 'La intemperie de la belleza', todavía en el malabarismo de las posibilidades, y ese otro experimento de fractales entre la realidad y la ficción de cuyo puerto de destino no tengo todavía la coordenadas; vinieron todos ellos, y las ideas que me fluyen y desvelan, el salto al vacío de la creación y su hambre pertinaz, sólida, tan adictiva como imposible de evitar, la inquietud constante, la insatisfacción permanente, el intenso placer del texto concluido. La cuarta fracción de mi vida está marcada por la literatura, pero sería impensable que ella hubiese desbancado a la vida: en este tiempo conocí la tristeza y el amor, me llené las pupilas de lugares prodigiosos y pisé escenarios que jornadas antes me era imposible aventurar; 33, 35, 38... las escalas de este viaje se me agolpan en la memoria con imágenes de amigos, experiencias, familia y conexiones mágicas, con el compromiso en azul que ahora inunda mis sentidos.

Paso, pues, por la estación dorada de los 40, pero lo hago para continuar con el viaje. Me podréis encontrar donde siempre, refugiado en la tranquilidad de un libro, con la percepción desaforada en los pasillos de un aeropuerto, disfrutando del placer de la comida o de la charla con amigos mientras compartimos una botella de vino; estaré refugiado en los callejones de la ficción y caminando con determinación por las avenidas amplias, luminosas, también concurridas y hasta caóticas, de esos escenarios impredecibles que son las existencias personal y profesional; daréis conmigo en los paseos, en las sonrisas, en la determinación por seguir adelante y en el compromiso por coronar cualquiera de mis potencias. Estaré en todos esos lugares, como siempre, con idéntica disposición para vosotros y el mundo; despierto, ilusionado, hambriento, satisfecho, comprometido con Víctor y urgiéndole para que consiga ser Víctor, mejorar a Víctor, retar a Víctor, superar a Víctor, querer a Víctor...

V

jueves, 26 de mayo de 2016

Fe de erratas

En la última entrada del blog, sin duda alguna por una recriminable imprecisión, dejé en algunos lectores la sensación de que hay en el ejercicio de la literatura una desproporcionada acumulación de pesares; tantos serían, según esa lectura nada descabellada de mi relato, que casi más convendría que la muerte viniera a relevar al autor de tan arduos desempeños; ningún hallazgo creativo compensaría, así las cosas, la extenuación de una existencia siempre insatisfactoria y esforzada. Sirvan ahora estas líneas, por tanto, para la contrario, no sé si es mejor definirlo como una corrección de lo deficientemente explicado, o etiquetarlo como una fe de erratas; lo que pretendo afirmar, en todo caso, es el júbilo de las letras, la impagable felicidad del creador ante su texto y cómo esa compensación tiene la capacidad de dotar de sentido a la indudable -que la hay- letanía de los esfuerzos y las frustraciones; conozco pocas dichas semejantes a la del trabajo literario finalizado, probablemente ninguna tan íntima y relacionada con la esencia profunda del escritor que firma y, por esa misma vía, se afirma.

Y así de sencillo, con una Fe de erratas, todo vuelve a su ser; lo dicho queda enjugado, la ofensa se borra y pareciera que nunca sombra alguna se hubiera cernido sobre las claridades del día y sus rincones de luz. Sencillo, ¿no? Y tremendamente eficaz: unas pocas palabras sinceras y bien elegidas -el parrafito que antecede a éste-, o una serie de caracteres hábilmente tecleados en la luminiscencia atrayente del celular, y todo lo malo ya fue. Es el poder de la corrección, la habilidad de la disculpa, tal vez el privilegio de quien se puede permitir haber hecho las cosas en borrador, alargándose en la versión de prueba y, con ello, concediéndose dispensa para meter la pata sin demasiado dramatismo. Equivocarse, rectificar, borrar lo inadecuado y seguir como si nada. Es todo lo que se necesita.



Vivir en borrador, y en caso contrario, apresurarse en esa suerte algo pasada de moda de la Fe de erratas; permitirse la elasticidad, no sin el riesgo de que esa red capaz de enjugar cualquier traspié se torne, a un único tiempo, en coartada y prisión. Porque, al fin y al cabo, el error posee las virtudes de la enseñanza, vacuna contra la soberbia y presenta desafíos que nunca se encuentran en la victoria: la aceptación de la falibilidad, la asunción de la culpa, el desarrollo de la capacidad para levantarse de nuevo, el reconocimiento del magma de fragilidad que habita tras todas nuestras máscaras... Nada de eso llega gratis al que nunca yerra; y además... es imposible alcanzar certezas sin atravesar los fuegos de la incertidumbre. El viejo proverbio dice que 'quien nada duda, nada sabe', una cita que Einstein reconvirtió para llegar a esa otra que en este momento alumbra mis días:

Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo

V

martes, 10 de mayo de 2016

La escritura milimétrica de la sangre

Escribir no es opcional, no al menos si se trata de una corriente atávica e ingobernable que es capaz de imponerse a tu criterio; no cuando se alza sobre tus deseos de abandonar la escritura, solazándose en el placer nada culposo de someter tu criterio al hierro del suyo; escribir no es un acto de voluntad, quizás lo sean las rutinas de quien ya se sabe subyugado y trata de volverse cómplice de su captor, pero nunca en el caso del que preferiría cualquier otro acto dichoso -especialmente el de la lectura- a la tarea titánica de componer el rompecabezas diabólico del texto; escribir no es una decisión personal, es una imposición personal, y aunque podría parecer que la afirmación sólo sirve para anidar un juego de palabras pretencioso, en el golpeteo metálico de sus sílabas se engatilla la condena de una verdad.



Escriben quienes callan, lo hacen sistemáticamente, con la enfermiza devoción de los adoradores de sectas milenaristas; escriben otros muy habladores, tal vez haciendo un acúmulo previsor de los sonidos con los que luego martillearán los oídos del resto; escriben ciertos danzantes del verbo, en ellos más afilado el bisturí para diseccionar los sentimientos que a la mayoría se nos escapan; escriben todos ellos, algunos con la pretensión de hacerse eternos -tan fútil, por otra parte-, la mayoría sin una explicación coherente, sintiéndose únicos en el instante en que rematan una obra o llegan a tocar el alma de alguien con ella, huecos como cántaras agrietadas la mayor parte de los minutos que componen las horas de los días en los que apenas aciertan a bordear la nada. Y, sin embargo, escriben; uno, otro, otro más, decenas de autores encadenados a sus mesas de trabajo, insomnes, frustrados, ateridos de euforias que se les enronquecieron en las gargantas; escriben sin detenerse ni dar pábulo a la fatiga, maratonianos, ciegos de determinación, como si con esas palabras quisieran rozar el sentido del mundo. Ilusos o iluminados, quién sabe.



Escribir exige tomar decisiones, demasiadas al cabo del día, algunas de ellas crueles e injustificadas: frente al teclado o deslumbrado por la blancura aterradora del folio, quien aspira a la escritura asume funciones de divinidad, sintiéndose todopoderoso en el nacimiento y las muertes de sus criaturas, haciéndoles retozar en las ambrosías del amor o cebándose en las inquinas del asesinato; pero no se puede ser Dios cuando se tienen pasiones, y el dolor termina por saturar los alveolos y asfixiar al pretendido autor. Escribir es asegurarse la proximidad del sufrimiento, degustar el latido previo a la angustia, sentirse reconfortado por el ardor de sus latigazos. Escribir, decía, es tomar decisiones tan estremecedoras como la de fijar un punto de vista, establecer la prelación de los sustantivos y ubicarse, en los casos más extremos, en el centro hiperbólico de la narración.






En La Muerte del Padre -igualmente en el resto de la serie que le ha encumbrado-, Karl Ove Knausgård se encastilla en el vórtice de un huracán de apariencia pacífica: su propia existencia; se encarama ahí y comienza a revisar su vida, deteniéndose en lo infinitesimal de los días, permitiendo al lector adentrarse y husmear entre el cargado ambiente de su armazón familiar. Sin concederse tregua, el noruego se zambulle en el turbión obsesivo de sus palabras, ofreciéndonos a los testigos de su apuesta creativa una escritura milimétrica, sanguinolenta, fragante de vida y humores, no sólo incómoda, sino con la determinación de esquivar toda complacencia. Mirar al interior de su catálogo de miserias, pequeñas dichas y dolores conmueve, y deja en el paladar el regusto amargo de las indiscreciones, también la perplejidad de saberse obnubilado ante la aparente tranquilidad de alguien que, por el puro placer imperativo de la literatura, ha encendido la mecha de su polvorín.


V

miércoles, 16 de diciembre de 2015

'El hambre invisible', una lectura en siete escalones



Escalón primero: 'Así es mi identidad, muñecas rusas que no acaban jamás'
El hambre, una vez más; como siempre, porque nunca se retira completamente, tampoco cuando estás ahíto. La necesidad como un imperativo perentorio e insaciable, descubierto por accidente tras un principio de estabilidad o plenitud. Realidades que se ocultan tras realidades, fingiéndose realidades o tan solo haciéndose fuertes en ellas. El poliedro de la personalidad imponiéndose siempre, en cada ocasión.


Escalón segundo: 'Un laberinto irreal, donde sólo una voz me guió, eras tú'
Laberintos, angustiosos y adictivos, tan poderosos en su reclamo como las puertas cerradas; incitantes y perniciosos igual que esas otras apenas entreabiertas, invitándonos al placer culposo de la espía. La complejidad de saberse en el centro de la decisión, responsable de ella pero no aludido por su urgencia; el rito narcótico y excitante de la búsqueda de respuestas. Y sobre todas ellas, una voz clara, nítida, inequívoca; la guía adecuada e imprescindible.


Escalón tercero: 'Que un día atacaremos en forma de alud'

Palabras, siempre palabras, fuertes y necesarias, pero también capaces de la sutileza o el enmascaramiento. Palabras que un día encuentran su lugar y son capaces de arrasarlo todo con la inevitabilidad de los aludes; una masa deslumbrante de ideas o justicia avanzando con la velocidad de lo que se conoce fuera de toda duda, ganando adeptos o derruyendo muros, tanto da cuando llega el momento en el que algo debe establecerse.


Escalón cuatro: 'Como un sueño fractal'
La realidad fragmentada y complementaria, el aluvión de matices que componen e integran una lectura, armando su sentido íntegro en el falso desvaído de sus esencias: todo pareciera haberse sumido en un nuevo ente, y sin embargo, cada una de las características individuales sigue presente. Lo fractal como una obsesión repetitiva, fértil y al mismo tiempo malsana, el envenenamiento del sueño y la memoria de lo que está por hacer.



Escalón quinto: 'Ser actitud. Ser actitud. Más actitud'
Lo obvio de la voluntad, tantas veces repetido desde la infancia; el mantra inequívoco de los sufridores y los llamados para la gloria: no sólo ser capaz de algo, sino consagrarse a su repetición enfermiza y compulsiva. Encontrar el sentido en la actitud, justificarse en la persecución de la idea, tal vez no como un fin dudosamente alcanzable, quizás en la certeza de que la función pueda desarrollar al órgano y convertirlo en ese objeto tan largamente deseado.


Escalón sexto: 'Es como cuando sueñas que nadie te ve. Y sigues dando pistas por si alguna vez...'
Soñar, la importancia del sueño, la maldición del sueño en su abundancia o su carencia: la letanía quejosa del insomne, la noche plana y abúlica del dormidor sin memoria, la desesperación de quien se encuentra cada madrugada perseguido por imágenes que impiden su descanso; no necesariamente en forma de pesadilla, también la placidez puede atemorizar. El sueño sin que nadie nos vea y la necesidad de ser vistos, las pistas dispuestas para que el otro logre encontrarnos; tan absurdas.


Escalón séptimo: 'El hambre invisible en su escudo de piel'
El hambre innegable y siempre victoriosa, que regresa para derrotarnos cuando uno menos la espera, emboscada tras la apariencia inofensiva de la piel propia, irisada de vellos y calidez. El rugido de su presencia, la inquietud y el desasosiego de quien se conoce en el abandono de una obligación autoimpuesta, más imparable cuanto más propia. El hambre y su feroz satisfacción, la íntima complacencia de haber regresado al punto de partida, completando el círculo y dándole sentido a su sinrazón.

V

jueves, 8 de octubre de 2015

'El Aleph de estar en otro'




Para mi deleite, se está empezando a convertir en una tradición: cada año, por San Miguel, en Zafra me piden una colaboración en la revista oficial de la Feria. Yo, claro, me la llevo a mi terreno y convierto ese motivo en una excusa para la literatura, aprovechando el abanico de posibilidades del evento para rendir tributo a algunos de los maestros que mejores horas me han regalado como lector. Borges ha sido este año el elegido, y como si fuera posible adentrarse en el corazón de su prosa caleidoscópica, he propuesto el viaje al interior de un ojo, de unos ojos, de esos ojos que se aparecen en medio de un fulgor azul y cálido, luminoso como una obra de James Turrell.


Aquí podéis leer 'El Apleph de estar en otro':


V

lunes, 31 de agosto de 2015

Septiembre siempre es un camino

Comparto la teoría de quienes sostienen que el año tiene, al menos, dos posibles comienzos: el de enero, no siempre renovador, y en cualquier caso, apenas un lapso invernal, y ese otro de septiembre, el de los cursos que arrancan, los debuts laborales, el regreso de las vacaciones y los limbos a la vida sin excusas. En este mes retornábamos al colegio, pero no lo hacíamos para continuar como si nada hubiera pasado, sino que caminábamos al encuentro de novedades que podrían transformarlo todo: un profesor diferente, conocimientos superiores, compañeros distintos y, tal vez, una chica capaz de embobarnos antes de tiempo, en un protoenamoramiento tierno y lleno de suspiros dolientes.

Septiembre, entonces, empezaba a adquirir en nuestro imaginario una forma destinada a mantenerse a lo largo de los años: la del camino que comienza. En esa Atlántida de nuestros juegos, descubrimientos y primeros besos, llegar a septiembre era una aventura apasionante, un latido que se nos agarraba al corazón, rebrincándolo de ilusiones y deslumbramientos; nada parecía resistir al impulso renovador de ese mes que poblaba el suelo de hojas secas, deshaciéndose de lo viejo para apostar por el fruto que habría de venir. Septiembre te ofrecía la posibilidad de reinventarte, de abandonar la crisálida de tu infancia y alzarte sobre la altura de tu nuevo tiempo, erguido de palabras y miradas, convertido ya en el futuro que un día te soñaste.



Los años nos han ido dando esquinazo desde entonces, sucediéndose con la torrencialidad de las escorrentías del agua en las tormentas que clausuraban, ayer como ahora, los veranos de la calima y el sesteo de aspecto insustancial. Todo ha cambiado su piel, pero en septiembre resiste ese impulso de camino que comienza, la invitación carismática de un mes que, pasado el tiempo de los pupitres y el encerado, todavía mantiene su condición de inicio; será un trabajo, una nueva vida, la relación que se intuye o esa otra que, superado el ecuador de las horas compartidas, ha enraizado con fuerza; tendrá que ver con el estreno de una ciudad, la llegada a un desafío diferente o el redescubrimiento de la vocación que nos mantiene fieles al mismo empleo, pero entre las primeras luces doradas del otoño, volveremos a recorrer el sendero, y sentiremos que la brisa de lo desconocido nos eriza el vello de los brazos. Entonces, nos subiremos el cuello de la chaqueta y apretaremos el paso para entrar en calor, la comisura del labio en la sonrisa condescendiente de quien se sabe en el cumplimiento de su destino.

Suerte a todos en la partida de este septiembre de caminos. Mi deseo para cuanto arranca son los versos de Kavafis en Ítaca:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

V

miércoles, 5 de agosto de 2015

La vida sin instrucciones

Es verano, cumples años, dejas atrás cosas -algunas con dolor, otras desde el júbilo o el alivio-, y terminas enfrentándote a la duda, sumiéndote en una búsqueda de respuestas que no siempre te conducirá a las certezas. Buscar es imprescindible para crecer y seguir evolucionando, pero supone también una fuente inagotable de frustraciones, porque con exasperante frecuencia, quien busca no encuentra. Buscar significa reconocerse inconformista, y eso, superado el márketing autocomplaciente de la rebeldía, condena al explorador a abandonar las comodidades del territorio conocido para adentrarse en bosques repletos de umbrías y alimañas, a exiliarse de la tan cacareada zona de confort y bracear en el vacío. Nada es amable más allá de los límites del hogar intelectual, donde los vientos parecen afilar sus aristas en guadañas y el corazón es, más que nunca, un músculo frágil que aspira a seguir latiendo. Nada es amable incluso cuando se hallen verdades; cada una de ellas, absolutamente todas, requerirá de un tributo de piel y sangre, dejará sobre el alma arañazos de profundidad y complicación variables.

Pero debes dudar, no hay otro camino; o sí, pero a ti no te sirve, no estás hecho para las pantuflas y el sesteo, eres un caminante, alguien que sólo puede explicarse a sí mismo en la letanía interminable del esfuerzo, sobre las auroras que impresionan en tu retina un crisol de paisajes y luces. Caminarás, pues, no hay otra opción, o correrás llegado el caso, entendiéndote mejor -esto también lo sabrás a partir del resuello entrecortado- en la extenuación, cuando todas tus energías parezcan haberse consumido en la carrera, y apenas reste la verdad deslumbrante de tus pensamientos. Únicamente encontrarás las herramientas después de esos sacrificios, y has de asumirlos, no sólo porque no hay otro modo de llegar a ellas, sino porque no tienes escapatoria: están en tu condición el pensamiento, la duda, caminar o correr hasta más allá de tus barreras y seguir un paso más, otro, otro y un penúltimo; ése que pensabas no ser capaz de llevar a cabo, y el que, finalmente, te deja a los pies de ti mismo.



Habrá ocasiones -ésta puede ser una de ellas- en las que no entiendas el sentido de esta vida errante, ni consigas alcanzar el encanto de la duda como motor esencial e ineludible de tu existencia. Tendrás razón cuando así sea, y también en los momentos en los que la desesperación te lleve a enfrentarte a tus creencias, abjurando de cuanto diste por cierto, renegando de dioses, mitologías y destinos; estarás en lo cierto cuando te llenes la boca con vitriolo y maldiciones, y sin embargo, no te servirán de nada. Serán sólo palabras, y a pesar de esa condición mágica, no tendrán la capacidad de explicarte en un lenguaje inteligible el designio con el que has de cumplir; la vida viene sin instrucciones, como uno de esos aparatos de importación que alcanzas en las estanterías de un bazar algo siniestro. Al igual que sucede con esa maquinita, conseguirás entender su funcionamiento usándola, equivocándote en el botón que debes presionar, errando en un cruce y tomando el sendero menos recto; caminando. Y caminarás; porque no te queda otra, porque no sabes hacer otra cosa que caminar.

V

PS: El bonus track del post de hoy es este impactante poema/canción de Hovik Keuchkerian, Alina, en el que se incluyen varias certezas sobre lo que la vida, tal vez, podría ser. 'Cierra los ojos para no ver y verás más que nunca'; 'Tus ojos hablarán sin voz / Serán, sin tú saberlo, las voces de tu alma pura'; 'Oirás voces / pero sólo la tuya te acompañará siempre'; 'No quieras amarrar el pasado, ya se fue / No quieras abrazar el futuro, no le gustan los abrazos'...


jueves, 16 de julio de 2015

Dominar el silencio

El silencio carece de glamour, pobre, las buenas gentes de la industria de la tecnología lo relegaron a un lugar secundario, inane, como de punto en mitad de ninguna parte. Hoy se habla, se escribe, se comunica, se sepulta al otro en un torrente de comentarios no siempre requeridos ni imprescindibles, se canta, se mandan emoticonos, y cuando la conversación parece haberse extenuado en la longitud de su tranco, se inventa algún parlanchineo más. Todo menos callar. Porque por ahí anda acuñado que existen los 'silencios incómodos', tal vez pretendan decir que no son más incómodas ciertas palabras, esas conversaciones de las que uno nunca hubiera querido formar parte, de las que jamás podrás desprenderte.

La cosa es que callar es menos sencillo de lo que parece. Callar bien, claro, no el silencio de quien no entiende el idioma o presencia una charla de cuya temática lo desconoce todo; no, callar sabiendo, callar teniendo algo que decir, guardar silencio cuando uno podría completar el asunto, quizás incluso desmentirlo o redimensionarlo. Ese silencio que arde en los labios, construido sobre el dominio de uno mismo y sus emociones, lleno de significado y, al mismo tiempo, hueco de toda significación física, edificado sobre la liviandad de un vacío de palabras; así de pesado, denso como alquitrán.



Es difícil aprender a callar, y aun más dominar el silencio, manejarlo con la enérgica suavidad que requiere para situarlo en el contexto idóneo: como respuesta, barrera o hábitat de placidez extrema. Porque el buen silencio puede llegar a ser más expresivo que cualquier frase dicha, sin duda que esas largas parrafadas sin destino aparente; pero, eso también es cierto, no todo el mundo es capaz de compartir contigo la perfección del silencio sin sentirse incómodo, de disfrutar el largo y fructífero entendimiento que no requiere en cada instante -sin ellas también sería imposible- de las palabras. El silencio, por ausencia reiterada, se está convirtiendo en uno de los lujos contemporáneos más preciados y menos abundantes; quizás hayamos de situarnos lejos de todo rastro de civilización para alcanzar durante un instante esa perfección acústica donde sólo resuenan los latidos del corazón propio, el bisbiseo imparable de nuestro pensamiento.

V

viernes, 29 de mayo de 2015

Porque yo...

Porque yo crecí en el murmullo de las historias, los filandones, las tertulias de sobremesa y aquellas narraciones de guerra, lobos y bondad de mi abuelo. Porque, más tarde, los muros orlados de libros de los que mis padres llenaron la casa siguieron alimentando mi fantasía.

Porque yo leí a los Cinco, los Hollister, la serie de los Elige tu propia aventura y la de Dungeons & Dragons. Y más tarde me miré en Los ojos del Dragón, y recorrí caminos sombríos con Bilso Bolsón, Frodo, Gandalf y aquel deslumbrante Aragorn en El Hobbit y El señor de los Anillos.

Porque yo quise que Santiago Nasar alcanzara la puerta de casa antes de que se cerrara, a pesar de que ésa era la Crónica de una muerte anunciada, y me embobé ante el Coronel Aureliano Buendía y la historia exuberante, frondosa, mágica, que envolvía sus Cien años de Soledad en el cálido Macondo. Porque ese lugar se me tornó un mito sólo comparable a la Comala de Pedro Páramo; la nómina más tarde engrosada con la Praga ausente donde Gregorio Samsa vivía su Metamorfosis y el Condado de Yoknapatawpha en el que El Ruido y la Furia sacudían, inclementes, el sur de los EE.UU.

Porque me he sentido testigo de la dictadura cruel de Rafael Leónidas Trujillo en La Fiesta del Chivo y he escuchado la voz de Antonio Conselheiro, en Canudos, durante La Guerra del fin del mundo. Porque he pisado la isla remota en Manhattan Transfer, reconociéndola más tarde en la Trilogía de Nueva York, y viviéndola con estrépito en Windows on the World; porque entre sus calles de aspiración infinita he creído reconocer al Sueco Levov de la Pastoral Americana, a Herzog el de las mil cartas y hasta al Holden Caulfield de El Guardián entre el centeno.



Porque hubo un día en que creí que no sería capaz de asimilar todas las sensaciones de las frases infinitas de El Jinete Polaco, que me estremecí con Martín, Bruno y Alejandra en Sobre héroes y tumbas y sentí que aquel Tomas de La Insoportable Levedad del Ser se estaba dirigiendo a mí. Porque he acompañado a Stoner en sus desdichas y he tenido la impresión de que alguien me espiaba desde las páginas del Libro del Desasosiego, retándome como lo hacían en La tentación del fracaso.

Porque he visitado El Aleph, y sé que existe, y conozco la inabarcable felicidad de su universo.

Porque navegué en el Pequod, y me sentí cercano al Capitán Ahab en la persecución de Moby Dick.

Porque, en el fondo, soy uno de Los Detectives Salvajes y le debo horas de felicidad a una lista casi interminable en la que, en este instante aleatorio, destellan Marías, Vila-Matas, Fresán, McCarthy, Cortázar, Bioy Casares, Cervantes, Shakespeare, Tizón, Lowry, Onetti, Olmos, Fernández-Mallo, Cercas, Pàmies, Landero, Fuentes, Arlt, Bryce Echenique, Franzen, Hornby, Easton Ellis, Pynchon, Ellroy, Eco, Ford, Díaz, Schulberg, K. Dick, Nabokov, Bradbury...

Porque cada vez que empiezo un libro lo hago con un sentimiento purísimo de ilusión, y siempre que concluyo el viaje en uno de ellos me invade la nostalgia. Porque leer me ha hecho más libre, menos prejuicioso, más sabio, valiente y racional; porque de las páginas de un libro siempre he salido con un horizonte de miras más amplias y libres, sin las restricciones de lo obligatorio o los corsés del pensamiento único, más cerca de mí mismo de lo que lo estaba antes de comenzar esa lectura.

Por todo eso yo aprovecharé estos días para celebrar el Libro.

V

PS: Hoy se inaugura la Feria del Libro de Madrid. Después de dos años en el escaparate de los autores firmantes, regreso a mi posición de ciudadano curioso y paseante; es la dinámica lógica de la literatura (la misma de la vida), y me siento dichoso porque me devuelve a mi posición más auténtica, la de lector.

sábado, 9 de mayo de 2015

La vida en suspenso

Parece que se ha congelado en el aire, que haya sido capaz de alejarse de las variables temporales y asegure así su permanencia por siempre. La descubrí por un destello inesperado, el brillo dorado del sol de mayo resbalando por su superficie casi ínfima, sus longitudes de onda alteradas en la refracción y encaminándose hacia mi pupila desapercibida. Fui consciente entonces de su presencia, deteniendo cualquier otra actividad para identificar el origen de esa luz algo fantasmagórica que me asaltaba en la extrañeza de un entorno luminoso, soleado, aplanado por la intensa claridad. Fuera un perro ladraba con dejadez lastimosa, cumpliendo con desgana su misión de alerta o amenaza.

En algún lugar, me percaté entonces, una niña leía un cuento en voz alta, poniendo más énfasis en el timbre dulcificado de la princesa que en el falsete cruel de su madrastra. Nadie la escuchaba, supe también, y lo que se estaba forjando en esa estancia era la voz llena de matices de una mujer que no se debería años después a las aprobaciones de terceros, sólida y firme en la defensa de su universo particular. Casi de inmediato me sorprendió una voz más alta que otra, el por favor que se arrastraba dejando tras de sí un perfume de hartazgo y desprecio; el hombre que lo pronunciaba aflautaba un poco en la voz para tratar de hacerla más enfática, con esa sordina un tanto ridícula de quienes quieren conservar la compostura al mismo tiempo que son poseídos por la iracundia. El receptor de su petición respondió sin palabras, dejando escapar una única, seca, metálica, carcajada que chorreaba ironía.



Congelado en esa quietud, tuve la certeza de haber dejado mi vida en suspenso; la simplicidad de una mota de polvo atravesándose en el camino de un rayo solar había sido capaz de postergar todas las urgencias, relegando a un lugar apartado de mi mente las coyunturas que sólo un segundo antes se me antojaban capitales. Súbitamente fui consciente de la corporeidad de mis manos, contemplándolas con cierta atención alucinada, recorriendo con la mirada el abultamiento de sus venas y sintiendo el peso de los dedos, alargados y finos, acostumbrados a la delicada tarea de teclear durante horas en el portátil. Nada me pareció en ese instante tan importante como el bombeo regular y vivificador de la sangre, el golpeteo rítmico de mi corazón como una percusión capaz de anteponerse a todo ruido o circunstancia, colmando el espacio y recordándome lo inexcusable de mi condición humana; devolviéndome a la placentera certeza de la existencia física como verdad última e inmarcesible.

En esa habitación recóndita, como una melodía complementaria y mitológica, la niña musitaba mientras una canción antigua y hermosa sobre castillos, dragones y héroes para quienes sólo la entrega era válida.

V