sábado, 5 de abril de 2014

Un menú de fin de semana

Es sábado de una primavera que se resiste a llegar, perezosa o con querencia por provocar el deseo de sus receptores, ateridos del frío y la lluvia de la estación precedente, ansiosos de sol y vitaminas. El cielo toma parte en esta dicotomía, dividiéndose entre los nubarrones ahollinados y la blanca luminiscencia de esos rayos casi míticos. Mis dedos recorren la superficie familiar, trillada, hogareña, del teclado y me conducen por actualidades y comunicaciones, llevándome hasta uno de mis rincones preferidos, la sonrisa tan presta como el asombro para deleitarme con la socarrona sabiduría de Rafa Reig, admirado por su afilado conocimiento de la literatura. Y, de repente, se me ocurre que también a mí me apetece ponerme en el lugar del chef o restaurador y recetar a mis lectores un menú literario de fin de semana, éste que sigue:

La casa ha preparado para hoy un menú calórico, proteico, contundente y nacional, nos guardaremos los piquitos de ruiseñor e incluso los mignardises para cuando el calor haya hecho su parte del trabajo. Buen provecho.

- De entrante se sirve 'Velocidad de los Jardines' de Eloy Tizón, un clásico contemporáneo y falsamente ligero. Pareciera que su textura de relatos, esa apariencia frágil y liviana, de librito pequeño, lo convirtiera en un suflé hecho de aires y anhelos; nada más lejos de la realidad. En sus páginas se esconde el sabor intenso y gustoso de unos huevos fritos con trufa:

Chssst. Una castaña estalló, y cayó a los pies de un banco. Dos palomas grises caminaban paralelamente diciendo con la cabeza sí, sí, sí. Agujas de pino alfombraban la retícula de senderos, y a trechos aparecían esas ancianas que se encuentran repetidas en todos los jardines públicos del mundo, que limpian mucho el asiento antes de sentarse en él, si se sientan. La soberanía de la luz era responsable de las manchas móviles y del mobiliario de hojarasca y ramas caídas. Un lustroso mastín pasó corriendo, retrocediendo, transportando al sol en un costado, preguntándose: ¿he mordido un olor?



- En el principal el cocinero no se la juega, busca un valor seguro, un solomillo ibérico pasado por la plancha el tiempo exacto para no arruinar la carne con una sequedad excesiva; los Vila-Matas como este 'El mal de Montano' no requieren de más salsas que su propio jugo, en él se destila toda la carga de su altura intelectual. Así el comensal puede sentir la potencia de sus fibras mientras se deshacen en su boca, el paladar colmado por el estallido de sabores de lo primigenio, el alimento que ha mantenido en pie a la Humanidad desde las cavernas.

A finales del siglo XX el joven Montano, que acababa de publicar su peligrosa novela sobre el enigmático caso de los escritores que renuncian a escribir, quedó atrapado en las redes de su propia ficción y se convirtió en un escritor que, pese a su compulsiva tendencia a la escritura, quedó totalmente bloqueado, paralizado, ágrafo trágico.

- No se descuida la casa tampoco en el postre, para lo que prefiere rebuscar en las alacenas de la tradición y terminar el almuerzo con la solidez indiscutible de un veterano de temporada; serán las torrijas de Albert Sánchez Piñol en 'La piel fría' las que rematen el menú, armadas sobre las certezas de lo tradicional y aderezadas -única licencia innovadora del responsable de los fogones- con un sirope desconocido, sorprendente, de literatura imprevisible y regeneradora.

Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos. Cuando me embarqué ya conocía este principio atroz. Pero hay verdades que merecen nuestra atención, y hay otras con las que no conviene mantener diálogos. 

V


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