Porque yo crecí en el murmullo de las historias, los filandones, las tertulias de sobremesa y aquellas narraciones de guerra, lobos y bondad de mi abuelo. Porque, más tarde, los muros orlados de libros de los que mis padres llenaron la casa siguieron alimentando mi fantasía.
Porque yo leí a los Cinco, los Hollister, la serie de los Elige tu propia aventura y la de Dungeons & Dragons. Y más tarde me miré en Los ojos del Dragón, y recorrí caminos sombríos con Bilso Bolsón, Frodo, Gandalf y aquel deslumbrante Aragorn en El Hobbit y El señor de los Anillos.
Porque yo quise que Santiago Nasar alcanzara la puerta de casa antes de que se cerrara, a pesar de que ésa era la Crónica de una muerte anunciada, y me embobé ante el Coronel Aureliano Buendía y la historia exuberante, frondosa, mágica, que envolvía sus Cien años de Soledad en el cálido Macondo. Porque ese lugar se me tornó un mito sólo comparable a la Comala de Pedro Páramo; la nómina más tarde engrosada con la Praga ausente donde Gregorio Samsa vivía su Metamorfosis y el Condado de Yoknapatawpha en el que El Ruido y la Furia sacudían, inclementes, el sur de los EE.UU.
Porque me he sentido testigo de la dictadura cruel de Rafael Leónidas Trujillo en La Fiesta del Chivo y he escuchado la voz de Antonio Conselheiro, en Canudos, durante La Guerra del fin del mundo. Porque he pisado la isla remota en Manhattan Transfer, reconociéndola más tarde en la Trilogía de Nueva York, y viviéndola con estrépito en Windows on the World; porque entre sus calles de aspiración infinita he creído reconocer al Sueco Levov de la Pastoral Americana, a Herzog el de las mil cartas y hasta al Holden Caulfield de El Guardián entre el centeno.
Porque hubo un día en que creí que no sería capaz de asimilar todas las sensaciones de las frases infinitas de El Jinete Polaco, que me estremecí con Martín, Bruno y Alejandra en Sobre héroes y tumbas y sentí que aquel Tomas de La Insoportable Levedad del Ser se estaba dirigiendo a mí. Porque he acompañado a Stoner en sus desdichas y he tenido la impresión de que alguien me espiaba desde las páginas del Libro del Desasosiego, retándome como lo hacían en La tentación del fracaso.
Porque he visitado El Aleph, y sé que existe, y conozco la inabarcable felicidad de su universo.
Porque navegué en el Pequod, y me sentí cercano al Capitán Ahab en la persecución de Moby Dick.
Porque, en el fondo, soy uno de Los Detectives Salvajes y le debo horas de felicidad a una lista casi interminable en la que, en este instante aleatorio, destellan Marías, Vila-Matas, Fresán, McCarthy, Cortázar, Bioy Casares, Cervantes, Shakespeare, Tizón, Lowry, Onetti, Olmos, Fernández-Mallo, Cercas, Pàmies, Landero, Fuentes, Arlt, Bryce Echenique, Franzen, Hornby, Easton Ellis, Pynchon, Ellroy, Eco, Ford, Díaz, Schulberg, K. Dick, Nabokov, Bradbury...
Porque cada vez que empiezo un libro lo hago con un sentimiento purísimo de ilusión, y siempre que concluyo el viaje en uno de ellos me invade la nostalgia. Porque leer me ha hecho más libre, menos prejuicioso, más sabio, valiente y racional; porque de las páginas de un libro siempre he salido con un horizonte de miras más amplias y libres, sin las restricciones de lo obligatorio o los corsés del pensamiento único, más cerca de mí mismo de lo que lo estaba antes de comenzar esa lectura.
Por todo eso yo aprovecharé estos días para celebrar el Libro.
V
PS: Hoy se inaugura la Feria del Libro de Madrid. Después de dos años en el escaparate de los autores firmantes, regreso a mi posición de ciudadano curioso y paseante; es la dinámica lógica de la literatura (la misma de la vida), y me siento dichoso porque me devuelve a mi posición más auténtica, la de lector.
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viernes, 29 de mayo de 2015
Porque yo...
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miércoles, 27 de agosto de 2014
La radical modernidad de Olmos
Llevo años insistiendo en que Alberto Olmos se encuentra entre los mejores de las nuevas generaciones de escritores (ya tan difíciles de delimitar, por divergencia de edades, nocilleos varios, y esa tendencia generalizada a ir por libre y no compartir sensibilidad con otros); no un cualquiera y ni tan siquiera alguien dentro del grupo de los destacados, sino uno de los autores que manejan de forma más brillante el lenguaje -al nivel de Eloy Tizón o Luisgé Martín- y que son más valientes y modernos en su uso para construir ficciones -al estilo de Agustín Fernández Mallo, pero quizás situándose algunos metros por delante de él-. No estoy siendo yo aquí, esto es una obviedad, un espeleólogo de la literatura española, ni por mis condiciones tengo acceso al jardín de diamantes de donde obtienen a sus literatos las editoriales de relumbrón: Olmos llega hasta los lectores después de haber sido finalista del Herralde a los 23 años por A bordo del naufragio, y con la sutilísima distinción de figurar en la lista de los 22 mejores narradores jóvenes en castellano que publicó la revista Granta en 2010. De avales, como se ve, anda sobrado el segoviano.
Con una trayectoria de sorprendente solidez para su juventud, Alberto Olmos se ha ido labrando una merecida fama de escritor brillante y con muchas cosas que decir. Y no sólo eso, sino de autor valiente, moderno, arriesgado en la utilización del castellano, y con una admirable capacidad para alcanzar el equilibrio entre la fuerza de sugestión de sus contenidos y la deslumbrante composición de sus textos, en los que proliferan recursos estilísticos tales como ciertas aproximaciones sinestésicas de gran eficacia -'(...) también había visto ortigas, con su nombre escrito en urticaria'-. El fragmento, y la motivación de este post, proceden de su último trabajo, Alabanza, una novela que indaga en la identidad del individuo, su ajuste dentro de la pareja y las particularidades del universo literario en un mundo sin literatura:
Este nuevo texto reúne muchas de las mejores virtudes de Olmos -también algunos de sus defectos, Malherido-. El libro arranca con una primera parte deslumbrante, rápida, adictiva y repleta de ese manejo prodigioso de las palabras que atesora el autor; quizás -por hacerle el juego a ese alter ego jodón del protagonista- en la segunda se produzca un cierto estancamiento en la velocidad de la lectura, fruto del cambio de ritmo de la narración y de la llegada de una cadencia ligada al pensamiento remolón y huidizo de Sebastian durante su reencuentro con Miguel. La sangre no llega al río, no obstante, y la obra conserva la atención del lector hasta el desenlace de la parte final, de nuevo audaz en su planteamiento estético, formal y literario. El resultado definitivo es un libro maduro, hermoso, recio, poco concesivo con cierto área indolente de la sociedad, y divertido para quienes nos situamos en el otro lado del juego creativo; una obra de grata lectura que rebosa de ironía con una profunda huella de autor -'Se concedía mucho crédito a dejarse ver, a estar y a ser simpático. Decenas de autores jóvenes se dejaban ver, estaban y eran apabullantemente simpáticos. Ya no tenían tiempo para escribir, pues andaban muy ocupados convirtiéndose en escritores'-, pero también de un innegable -y ojalá que fértil- amor por la literatura:
V
Con una trayectoria de sorprendente solidez para su juventud, Alberto Olmos se ha ido labrando una merecida fama de escritor brillante y con muchas cosas que decir. Y no sólo eso, sino de autor valiente, moderno, arriesgado en la utilización del castellano, y con una admirable capacidad para alcanzar el equilibrio entre la fuerza de sugestión de sus contenidos y la deslumbrante composición de sus textos, en los que proliferan recursos estilísticos tales como ciertas aproximaciones sinestésicas de gran eficacia -'(...) también había visto ortigas, con su nombre escrito en urticaria'-. El fragmento, y la motivación de este post, proceden de su último trabajo, Alabanza, una novela que indaga en la identidad del individuo, su ajuste dentro de la pareja y las particularidades del universo literario en un mundo sin literatura:
Su amor fue un malentendido, quizá literario.
Este nuevo texto reúne muchas de las mejores virtudes de Olmos -también algunos de sus defectos, Malherido-. El libro arranca con una primera parte deslumbrante, rápida, adictiva y repleta de ese manejo prodigioso de las palabras que atesora el autor; quizás -por hacerle el juego a ese alter ego jodón del protagonista- en la segunda se produzca un cierto estancamiento en la velocidad de la lectura, fruto del cambio de ritmo de la narración y de la llegada de una cadencia ligada al pensamiento remolón y huidizo de Sebastian durante su reencuentro con Miguel. La sangre no llega al río, no obstante, y la obra conserva la atención del lector hasta el desenlace de la parte final, de nuevo audaz en su planteamiento estético, formal y literario. El resultado definitivo es un libro maduro, hermoso, recio, poco concesivo con cierto área indolente de la sociedad, y divertido para quienes nos situamos en el otro lado del juego creativo; una obra de grata lectura que rebosa de ironía con una profunda huella de autor -'Se concedía mucho crédito a dejarse ver, a estar y a ser simpático. Decenas de autores jóvenes se dejaban ver, estaban y eran apabullantemente simpáticos. Ya no tenían tiempo para escribir, pues andaban muy ocupados convirtiéndose en escritores'-, pero también de un innegable -y ojalá que fértil- amor por la literatura:
Y pensó también que quizás la literatura no había muerto, no había sido destruida, sino que sólo estaba replegada, acogida en el regazo de un lector único para un único escritor, que tenía algo que decirle.
V
martes, 17 de junio de 2014
Con estos once se gana un Mundial
Es tiempo de Mundial, media humanidad vive concentrada en lo que suceda en Brasil, algunos con la esperanza de ver a su selección levantar la copa de campeones, y otros con envidia por no contar con un talento como el televisado dentro de sus orgullos patrios. Durante un mes, lo que ocurra en el país del fútbol tomará al asalto nuestras vidas, sin permiso ni medias tintas, la gloria o la debacle de esos jugadores se convertirá en un asunto trascendente en telediarios, periódicos y conversaciones de bar. Es posible intentar mantenerse al margen, y casi irrealizable conseguirlo; en el caso de la literatura, que procede de la vida y se aloja en ella, ese ejercicio de resistencia a ciertas realidades cuenta con frecuentes excepciones, ésta será una de ellas. Si hemos de ganar un Mundial, que sea con nuestros jugadores, estos once son mis seleccionados, con una única premisa, la de ser 'futbolistas' vivos y en activo; el resultado es un equipo con mi sello de autor, un conjunto favorito para vencer y dar espectáculo, organizado en un 4-2-3-1, que combina la imaginación con la solidez defensiva. Suerte a los rivales, nosotros plantearemos una hermosa batalla:
Portero: Mario Vargas Llosa. Como Buffon o Casillas aporta años de experiencia, brillantez técnica, reflejos y mando sobre la línea defensiva. El Nobel de Literatura, además, le sirve para intimidar a los atacantes rivales; cuando se ven frente al autor de La fiesta del Chivo o La guerra del fin del mundo, a los delanteros se les hace pequeña la portería.
Lateral Derecho: Rodrigo Fresán. En obras como La parte inventada ha demostrado su capacidad física para los partidos de largo recorrido, y en títulos como El fondo del cielo dejó patente su habilidad técnica para el regate y la lírica. Heredero de la tradición latinoamericana, en ocasiones se enreda en las subidas y se olvida de bajar, pero su aportación ofensiva le hace imprescindible.
Defensa Central: Enrique Vila-Matas. Probablemente, el gran referente de la literatura autorreferencial, y por eso mismo, un profundo conocedor del juego y sus variantes. Actuaciones como El Mal de Montano o Dublinesca le convierten en un jugador clave para la organización de la defensa. No es un futbolista rápido, pero eso lo corrige exhibiendo una soberbia colocación.
Defensa Central: Michel Houellebecq. Todos los grandes equipos necesitan un jugador contundente, y éste es el nuestro. Especialmente a partir de Las partículas elementales, ha repartido sin descanso ni acomodos; no cae simpático aunque tampoco lo pretende. Su función es la de sacar los colores al equipo rival, y a ella se entrega con pasión y descaro, sin concesiones.
Lateral Izquierdo: Alessandro Baricco. Pelotero de calidad excelente, con tantos años de deslumbramiento como frescura en su obra. Se dio a conocer con la sutil elegancia de Seda, y desde entonces no ha parado de maravillar. Sube la banda con frecuencia y lo hace dejando detalles de calidad constante, Océano Mar o Novecento todavía son recordadas en los campos rivales.
Mediocentro Defensivo: Roberto Bolaño. En 2666 demostró tener los pulmones que casi ningún jugador aporta y con Los Detectives Salvajes dejó patente su calidad en el inicio del juego. Es la pieza de unión entre los grandes genios de la literatura de Latinoamérica y sus nuevas generaciones, un renovador genial, valiente y generoso, que domina las claves del fútbol y conoce el oficio del 5.
Mediocentro Ofensivo: Paul Auster. Es un seguro de vida para los editores, el autor más fiable en cualquier país del mundo, con recursos, habilidad dialéctica y capacidad para seducir a los lectores allá donde pisa. La Trilogía de Nueva York le abrió hueco como creador de juego, y títulos como La Noche del Oráculo o El Libro de las Ilusiones le confirmaron como la pieza clave en la construcción ofensiva de todo equipo.
Interior Derecho: Javier Marías. Buen amante de la tradición, busca la cal sin descanso, dejando regates tan increíbles como Mañana en la batalla piensa en mí o Corazón tan blanco, y cabalgadas antológicas como la larguísima de Tu rostro mañana. Impredecible, combina a la perfección el academicismo con la calle: tan pronto anda por los salones de la RAE como planta a quienes le conceden un premio.
Mediapunta: Haruki Murakami. Aspirante anual al Nobel, el Príncipe de Asturias y casi cualquier galardón del mundo, sigue martilleando a sus rivales con sus ritmos infernales de producción y ventas. Crea personajes hipnóticos como los de Tokio Blues o 1Q84 y sorprende con fintas inesperadas: los habitantes de Kafka en la Orilla o su memoria atlética en De qué hablo cuando hablo de correr son una muestra de esa habilidad para sacar petróleo de la nada.
Interior Izquierdo: Eloy Tizón. Es el sello del seleccionador en el equipo, su debilidad desde los prodigiosos Velocidad de los Jardines y Parpadeos. Técnico, genial e imprevisible suple su habitual inconstancia con ramalazos únicos, sólo al alcance de los privilegiados de este deporte. El último de ellos, Técnicas de iluminación, todavía deja embobados a los laterales contrarios.
Delantero Centro: Philip Roth. Por encima de Klose, el único capaz de rebasar a Ronaldo como máximo goleador en los Mundiales. Un clásico imprescindible a quien, inexplicablemente y pese a golazos como la Pastoral Americana y El lamento de Portnoy, todavía se le resiste el Balón de Oro del Nobel. Lo obtendrá, no obstante, y sus goles en este campeonato serán el argumento que convenza a la Academia.
Que empiece el juego, nosotros daremos alegría y placer intelectual a los espectadores ;)
V
Portero: Mario Vargas Llosa. Como Buffon o Casillas aporta años de experiencia, brillantez técnica, reflejos y mando sobre la línea defensiva. El Nobel de Literatura, además, le sirve para intimidar a los atacantes rivales; cuando se ven frente al autor de La fiesta del Chivo o La guerra del fin del mundo, a los delanteros se les hace pequeña la portería.
Lateral Derecho: Rodrigo Fresán. En obras como La parte inventada ha demostrado su capacidad física para los partidos de largo recorrido, y en títulos como El fondo del cielo dejó patente su habilidad técnica para el regate y la lírica. Heredero de la tradición latinoamericana, en ocasiones se enreda en las subidas y se olvida de bajar, pero su aportación ofensiva le hace imprescindible.
Defensa Central: Enrique Vila-Matas. Probablemente, el gran referente de la literatura autorreferencial, y por eso mismo, un profundo conocedor del juego y sus variantes. Actuaciones como El Mal de Montano o Dublinesca le convierten en un jugador clave para la organización de la defensa. No es un futbolista rápido, pero eso lo corrige exhibiendo una soberbia colocación.
Defensa Central: Michel Houellebecq. Todos los grandes equipos necesitan un jugador contundente, y éste es el nuestro. Especialmente a partir de Las partículas elementales, ha repartido sin descanso ni acomodos; no cae simpático aunque tampoco lo pretende. Su función es la de sacar los colores al equipo rival, y a ella se entrega con pasión y descaro, sin concesiones.
Lateral Izquierdo: Alessandro Baricco. Pelotero de calidad excelente, con tantos años de deslumbramiento como frescura en su obra. Se dio a conocer con la sutil elegancia de Seda, y desde entonces no ha parado de maravillar. Sube la banda con frecuencia y lo hace dejando detalles de calidad constante, Océano Mar o Novecento todavía son recordadas en los campos rivales.
Mediocentro Defensivo: Roberto Bolaño. En 2666 demostró tener los pulmones que casi ningún jugador aporta y con Los Detectives Salvajes dejó patente su calidad en el inicio del juego. Es la pieza de unión entre los grandes genios de la literatura de Latinoamérica y sus nuevas generaciones, un renovador genial, valiente y generoso, que domina las claves del fútbol y conoce el oficio del 5.
Mediocentro Ofensivo: Paul Auster. Es un seguro de vida para los editores, el autor más fiable en cualquier país del mundo, con recursos, habilidad dialéctica y capacidad para seducir a los lectores allá donde pisa. La Trilogía de Nueva York le abrió hueco como creador de juego, y títulos como La Noche del Oráculo o El Libro de las Ilusiones le confirmaron como la pieza clave en la construcción ofensiva de todo equipo.
Interior Derecho: Javier Marías. Buen amante de la tradición, busca la cal sin descanso, dejando regates tan increíbles como Mañana en la batalla piensa en mí o Corazón tan blanco, y cabalgadas antológicas como la larguísima de Tu rostro mañana. Impredecible, combina a la perfección el academicismo con la calle: tan pronto anda por los salones de la RAE como planta a quienes le conceden un premio.
Mediapunta: Haruki Murakami. Aspirante anual al Nobel, el Príncipe de Asturias y casi cualquier galardón del mundo, sigue martilleando a sus rivales con sus ritmos infernales de producción y ventas. Crea personajes hipnóticos como los de Tokio Blues o 1Q84 y sorprende con fintas inesperadas: los habitantes de Kafka en la Orilla o su memoria atlética en De qué hablo cuando hablo de correr son una muestra de esa habilidad para sacar petróleo de la nada.
Interior Izquierdo: Eloy Tizón. Es el sello del seleccionador en el equipo, su debilidad desde los prodigiosos Velocidad de los Jardines y Parpadeos. Técnico, genial e imprevisible suple su habitual inconstancia con ramalazos únicos, sólo al alcance de los privilegiados de este deporte. El último de ellos, Técnicas de iluminación, todavía deja embobados a los laterales contrarios.
Delantero Centro: Philip Roth. Por encima de Klose, el único capaz de rebasar a Ronaldo como máximo goleador en los Mundiales. Un clásico imprescindible a quien, inexplicablemente y pese a golazos como la Pastoral Americana y El lamento de Portnoy, todavía se le resiste el Balón de Oro del Nobel. Lo obtendrá, no obstante, y sus goles en este campeonato serán el argumento que convenza a la Academia.
Que empiece el juego, nosotros daremos alegría y placer intelectual a los espectadores ;)
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sábado, 5 de abril de 2014
Un menú de fin de semana
Es sábado de una primavera que se resiste a llegar, perezosa o con querencia por provocar el deseo de sus receptores, ateridos del frío y la lluvia de la estación precedente, ansiosos de sol y vitaminas. El cielo toma parte en esta dicotomía, dividiéndose entre los nubarrones ahollinados y la blanca luminiscencia de esos rayos casi míticos. Mis dedos recorren la superficie familiar, trillada, hogareña, del teclado y me conducen por actualidades y comunicaciones, llevándome hasta uno de mis rincones preferidos, la sonrisa tan presta como el asombro para deleitarme con la socarrona sabiduría de Rafa Reig, admirado por su afilado conocimiento de la literatura. Y, de repente, se me ocurre que también a mí me apetece ponerme en el lugar del chef o restaurador y recetar a mis lectores un menú literario de fin de semana, éste que sigue:
La casa ha preparado para hoy un menú calórico, proteico, contundente y nacional, nos guardaremos los piquitos de ruiseñor e incluso los mignardises para cuando el calor haya hecho su parte del trabajo. Buen provecho.
- De entrante se sirve 'Velocidad de los Jardines' de Eloy Tizón, un clásico contemporáneo y falsamente ligero. Pareciera que su textura de relatos, esa apariencia frágil y liviana, de librito pequeño, lo convirtiera en un suflé hecho de aires y anhelos; nada más lejos de la realidad. En sus páginas se esconde el sabor intenso y gustoso de unos huevos fritos con trufa:
- En el principal el cocinero no se la juega, busca un valor seguro, un solomillo ibérico pasado por la plancha el tiempo exacto para no arruinar la carne con una sequedad excesiva; los Vila-Matas como este 'El mal de Montano' no requieren de más salsas que su propio jugo, en él se destila toda la carga de su altura intelectual. Así el comensal puede sentir la potencia de sus fibras mientras se deshacen en su boca, el paladar colmado por el estallido de sabores de lo primigenio, el alimento que ha mantenido en pie a la Humanidad desde las cavernas.
- No se descuida la casa tampoco en el postre, para lo que prefiere rebuscar en las alacenas de la tradición y terminar el almuerzo con la solidez indiscutible de un veterano de temporada; serán las torrijas de Albert Sánchez Piñol en 'La piel fría' las que rematen el menú, armadas sobre las certezas de lo tradicional y aderezadas -única licencia innovadora del responsable de los fogones- con un sirope desconocido, sorprendente, de literatura imprevisible y regeneradora.
V
La casa ha preparado para hoy un menú calórico, proteico, contundente y nacional, nos guardaremos los piquitos de ruiseñor e incluso los mignardises para cuando el calor haya hecho su parte del trabajo. Buen provecho.
- De entrante se sirve 'Velocidad de los Jardines' de Eloy Tizón, un clásico contemporáneo y falsamente ligero. Pareciera que su textura de relatos, esa apariencia frágil y liviana, de librito pequeño, lo convirtiera en un suflé hecho de aires y anhelos; nada más lejos de la realidad. En sus páginas se esconde el sabor intenso y gustoso de unos huevos fritos con trufa:
Chssst. Una castaña estalló, y cayó a los pies de un banco. Dos palomas grises caminaban paralelamente diciendo con la cabeza sí, sí, sí. Agujas de pino alfombraban la retícula de senderos, y a trechos aparecían esas ancianas que se encuentran repetidas en todos los jardines públicos del mundo, que limpian mucho el asiento antes de sentarse en él, si se sientan. La soberanía de la luz era responsable de las manchas móviles y del mobiliario de hojarasca y ramas caídas. Un lustroso mastín pasó corriendo, retrocediendo, transportando al sol en un costado, preguntándose: ¿he mordido un olor?
- En el principal el cocinero no se la juega, busca un valor seguro, un solomillo ibérico pasado por la plancha el tiempo exacto para no arruinar la carne con una sequedad excesiva; los Vila-Matas como este 'El mal de Montano' no requieren de más salsas que su propio jugo, en él se destila toda la carga de su altura intelectual. Así el comensal puede sentir la potencia de sus fibras mientras se deshacen en su boca, el paladar colmado por el estallido de sabores de lo primigenio, el alimento que ha mantenido en pie a la Humanidad desde las cavernas.
A finales del siglo XX el joven Montano, que acababa de publicar su peligrosa novela sobre el enigmático caso de los escritores que renuncian a escribir, quedó atrapado en las redes de su propia ficción y se convirtió en un escritor que, pese a su compulsiva tendencia a la escritura, quedó totalmente bloqueado, paralizado, ágrafo trágico.
- No se descuida la casa tampoco en el postre, para lo que prefiere rebuscar en las alacenas de la tradición y terminar el almuerzo con la solidez indiscutible de un veterano de temporada; serán las torrijas de Albert Sánchez Piñol en 'La piel fría' las que rematen el menú, armadas sobre las certezas de lo tradicional y aderezadas -única licencia innovadora del responsable de los fogones- con un sirope desconocido, sorprendente, de literatura imprevisible y regeneradora.
Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos. Cuando me embarqué ya conocía este principio atroz. Pero hay verdades que merecen nuestra atención, y hay otras con las que no conviene mantener diálogos.
V
martes, 14 de enero de 2014
En la pista de despegue
Un año que comienza -desperezándose está todavía este 2014- me recuerda con frecuencia a la pista de despegue de un aeropuerto: llegas a ella no sin fastidios previos (el lacerante control de seguridad, las colas cada vez más largas e insufribles, y hasta la extenuante tarea de transportar una porción de tu mundo en la maleta) y la encaras con la expectación empolvada por cierto letargo aburrido, pero cuando el aparato echa a rodar te invade el júbilo del viaje. Incluso en el peor de los escenarios, ese desplazamiento -al igual que el año que principias- te aportará un recorrido nuevo, gente por descubrir, conocimientos y horizontes más diversos o variados, y un ensanchamiento de los horizontes (y los límites) de tu universo. Siempre merece la pena.
Yo he debutado en las cifras del 2014 prendido a la prosa deslumbrante de Eloy Tizón, cuya literatura ya he recomendado aquí en más de una ocasión. No alcanzará en mi corazón la potencia de 'Velocidad de los Jardines' ni de 'Parpadeos', pero sus 'Técnicas de iluminación' me han devuelto a la prodigiosa potencia de su narración gracias a citas como las que siguen:
Parte de esa novela la escribí así: en Somerville, Massachusetts, con un perro en las rodillas, sintiendo en todo momento que escribir es imposible y que también es imposible dejar de escribir.
Porque escribir, pensaba yo, es estar más despierto de lo normal.
Los diccionarios lo cubren todo, excepto la verdad.
Sigues sin saber para qué vives, nadie lo sabe. Todos tenemos dudas, todos tenemos miedo, todos estamos muy solos. Uno intenta vivir, mejor o peor, eso es todo. Salir del atolladero sin demasiadas magulladuras.Extenuado por su manejo del lenguaje y las ficciones, he atemperado el regreso desde su volumen de relatos hasta la realidad dándome una vuelta por un clásico de Alessandro Baricco, 'Tierras de Cristal', donde también he tenido la suerte de dar con pasajes acogedores y cálidos como una tarde invernal en la compañía adecuada.
¿Quién puede comprender nada de la dulzura si nunca ha reclinado su propia vida, la vida entera, sobre la primera línea de la primera página de un libro? No, ésa es la única y más dulce custodia de todos los miedos -un libro que empieza.V
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miércoles, 16 de enero de 2013
Viajar con un amigo
Abandono la jornada con Eloy Tizón, satisfecho de mi experiencia durante la travesía de La voz cantante (que me ha dejado una última cita memorable: "Nada deja tanta huella en nosotros como las cosas que no concluyen"), y me preparo para embarcarme en un nuevo viaje, en esta ocasión con la confianza que da hacerlo junto a un amigo. Cada vez que abro un libro, tengo esa sensación, la de comenzar un trayecto nuevo, misterioso, que me ha de llevar por lugares ignotos, donde conoceré a personas peculiares de cuyas vivencias podré extraer enseñanzas para mi vida, y que me devolverá a tierra cambiado: más sabio, sensible o pertrechado para las sutilezas del mundo; enriquecido y dichoso.
Esta noche, sin falta, parto junto a mi amigo Fernando Clemot camino de sus Safaris Inolvidables (Menoscuarto, 2013), y ya siento el hormigueo nervioso del despegue.
Para quienes no le conozcáis, Fernando Clemot es un escritor imprescindible, una de las voces de llegada reciente (aunque no tanto) al mapa de la literatura en español, pero que ya luce en su solapa galones de tanto peso como la victoria en el Setenil por su libro de relatos Estancos del Chiado. A ese prestigioso galardón nacional hay que añadir las buenas críticas de sus excelentes novelas El libro de las maravillas y El Golfo de los poetas, y una constelación de premios en certámenes de relatos y novelas como para sonrojar a cualquier aspirante.
El mejor modo de saber quién es Clemot es adentrarse en las páginas de sus ficciones, os garantizo que rentabilizaréis la inversión con horas de disfrute y entretenimiento. Por si necesitarais un empujoncito más, os diré que Fernando es un narrador de voz potente, clara, personal y reconocible; un escritor sabio, que utiliza el lenguaje con respeto y sabiduría para componer (pinceladas de ironía, cultura y sensibilidad mediante) complejas historias llenas de lecturas diversas y de un hondo, decisivo, conocimiento del hombre y sus pasiones. Es, además, quien tuvo la generosidad de presentar Devuélveme a las once menos cuarto en Barcelona, rematando con ese acto el magisterio literario, generoso y discreto, que su cercanía ha tenido sobre mí.
Sin perder ni un instante más, cierro mi maleta y levanto la mirada hacia el comienzo del camino; esto encuentran mis ojos:
PS: Tenéis uno de los relatos de este libro en Culturamas
Esta noche, sin falta, parto junto a mi amigo Fernando Clemot camino de sus Safaris Inolvidables (Menoscuarto, 2013), y ya siento el hormigueo nervioso del despegue.
Para quienes no le conozcáis, Fernando Clemot es un escritor imprescindible, una de las voces de llegada reciente (aunque no tanto) al mapa de la literatura en español, pero que ya luce en su solapa galones de tanto peso como la victoria en el Setenil por su libro de relatos Estancos del Chiado. A ese prestigioso galardón nacional hay que añadir las buenas críticas de sus excelentes novelas El libro de las maravillas y El Golfo de los poetas, y una constelación de premios en certámenes de relatos y novelas como para sonrojar a cualquier aspirante.
El mejor modo de saber quién es Clemot es adentrarse en las páginas de sus ficciones, os garantizo que rentabilizaréis la inversión con horas de disfrute y entretenimiento. Por si necesitarais un empujoncito más, os diré que Fernando es un narrador de voz potente, clara, personal y reconocible; un escritor sabio, que utiliza el lenguaje con respeto y sabiduría para componer (pinceladas de ironía, cultura y sensibilidad mediante) complejas historias llenas de lecturas diversas y de un hondo, decisivo, conocimiento del hombre y sus pasiones. Es, además, quien tuvo la generosidad de presentar Devuélveme a las once menos cuarto en Barcelona, rematando con ese acto el magisterio literario, generoso y discreto, que su cercanía ha tenido sobre mí.
Sin perder ni un instante más, cierro mi maleta y levanto la mirada hacia el comienzo del camino; esto encuentran mis ojos:
No hay peor momento que el anochecer para acabar un viaje.
Es bajo el influjo de esa luz mórbida donde se apagan las emociones de la jornada y resplandecen todos los miedos; chirrían como vidrios bajo nuestras plantas antiguos fantasmas que creíamos sofocados (...)
V
PS: Tenéis uno de los relatos de este libro en Culturamas
martes, 8 de enero de 2013
Esa engañosa facilidad
Escribir es un acto hermoso, una liberación de las fuerzas creativas que se entrecruzan dentro de uno, y también una compleja tarea de búsqueda; para conseguir el objetivo final de contar una historia se ha de reunir, por una parte, el núcleo temático que la integra y le da contenido (aunque pueda parecer una obviedad), y, de forma esencial, la forma de organizar toda esa información para articularla y darle sentido. El andamiaje del texto, su descomposición en miles de palabras y la estructuración de éstas en párrafos, diálogos y capítulos, tiene una trascendencia mucho mayor de lo que inicialmente pueda parecer; se trata, de hecho, de una de las mayores complejidades de quien se enfrenta al ejercicio de la ficción y es, sin duda, uno de los hechos que marcan la diferencia entre los más grandes y el resto.
Escribir fácil, o mejor dicho, escribir con apariencia de facilidad, es una virtud reservada a muy pocos, una habilidad en la que el escritor va cogiendo soltura conforme se desarrolla y encuentra en el ejercicio de su profesión, pero que cuenta con un grado de perfección sólo al alcance de los genios. Es la engañosa facilidad a la que me refería en el título de este post, una circunstancia sobre la que reflexioné en el interregno del cambio de año de la mano de dos autores tocados con ese don peculiarísimo: Alessandro Baricco y Eloy Tizón.
El primero de ellos sonará más obvio y requiere menos presentaciones; cuando uno ha alumbrado obras tan rotundas como Seda, Océano Mar o City, poco se puede añadir sin caer en la redundancia. Recientemente, sin embargo, nos recordó el tamaño de su talento con Mr. Gwyn, un título al que cedo la palabra para, en su elocuencia, demostrar mi tesis:
Y luego está Eloy Tizón, a quien muchos tienen la suerte de desconocer; no porque no valga la pena leerle, sino porque eso les ofrece la posibilidad de deslumbrarse ahora con su inapelable talento. Para presentarle a él cederé la palabra a otros: de su inicial libro de relatos, Velocidad de los Jardines, el diario El País dijo que era uno de los 100 libros más interesantes de los últimos 25 años. Y eso por sí mismo ya sería decir mucho, pero es que además es autor de Parpadeos, Seda Salvaje o La Voz Cantante, del que ahora entresaco como ejemplo apresurado:
Con el fin de no extenderme en exceso en un post que ya se alarga, abriré al azar Velocidad de los Jardines y Parpadeos y dejaré como prueba azarosa de su talento lo que me salga al encuentro en sus páginas inolvidables; estoy seguro de que será suficiente demostración de poder.
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Escribir fácil, o mejor dicho, escribir con apariencia de facilidad, es una virtud reservada a muy pocos, una habilidad en la que el escritor va cogiendo soltura conforme se desarrolla y encuentra en el ejercicio de su profesión, pero que cuenta con un grado de perfección sólo al alcance de los genios. Es la engañosa facilidad a la que me refería en el título de este post, una circunstancia sobre la que reflexioné en el interregno del cambio de año de la mano de dos autores tocados con ese don peculiarísimo: Alessandro Baricco y Eloy Tizón.
El primero de ellos sonará más obvio y requiere menos presentaciones; cuando uno ha alumbrado obras tan rotundas como Seda, Océano Mar o City, poco se puede añadir sin caer en la redundancia. Recientemente, sin embargo, nos recordó el tamaño de su talento con Mr. Gwyn, un título al que cedo la palabra para, en su elocuencia, demostrar mi tesis:
Tenía un cuerpo delgado, como devorado por alguna espera irresuelta, y una piel oscura, con reflejos lustrosos de animal.
La comprendí de repente, con la velocidad fulminante con se comprenden a veces, mucho tiempo después, cosas que han estado siempre delante de nuestros ojos, basta con que sepamos mirarlas.
Jasper Gwyn decía que todos somos una página de un libro, pero de un libro que nadie ha escrito nunca y que en vano buscamos en las estanterías de nuestra mente.
Y luego está Eloy Tizón, a quien muchos tienen la suerte de desconocer; no porque no valga la pena leerle, sino porque eso les ofrece la posibilidad de deslumbrarse ahora con su inapelable talento. Para presentarle a él cederé la palabra a otros: de su inicial libro de relatos, Velocidad de los Jardines, el diario El País dijo que era uno de los 100 libros más interesantes de los últimos 25 años. Y eso por sí mismo ya sería decir mucho, pero es que además es autor de Parpadeos, Seda Salvaje o La Voz Cantante, del que ahora entresaco como ejemplo apresurado:
El viento, más que soplar, gimoteaba; parecía juntar y deshacer palabras y hablar y, cuando uno estaba a punto de entender al fin lo que decía, de ceder a la locura o descifrar su mensaje, el viento dejaba de soplar y enmudecía de golpe.
Con el fin de no extenderme en exceso en un post que ya se alarga, abriré al azar Velocidad de los Jardines y Parpadeos y dejaré como prueba azarosa de su talento lo que me salga al encuentro en sus páginas inolvidables; estoy seguro de que será suficiente demostración de poder.
El siglo incubaba extraños huevos. Víctor se representó a Sonia muerta y la sacudida fue tal que se tuvo que ir a la cocina a beber no menos de dos vasos de agua. En una ocasión ella llegó a clase con el pelo mojado y también un poco los hombros, pero afuera no llovía en absoluto, evidente anticiclón, y Víctor no supo a ciencia cierta qué climas o qué isobaras, qué tormentas imaginarias tenía que atravesar Sonia cada día. (Velocidad de los Jardines)
No puedo más. Escucho el bramido del mar en el pasado y la sed de miles de corazones que también braman, ellos. Porque el corazón no tiene domingos. Al menos eso se sabe. No hay domingos para el corazón traumatizado. (Velocidad de los Jardines)
Hoy, por primera vez en mi vida, he oído llorar a un pájaro. Yo estaba solo junto a la ventana. Escribiendo. Y el pájaro ha llorado. Lo juro. No ha sido un llanto desgarrador, nada que pueda calificarse de excepcional. Al contrario. Ha sido un llanto más bien modesto, minúsculo, incluso un poco ridículo. (Parpadeos)
El león siempre estuvo allí. No hubo días sin león. Si llovía, la lluvia le rebotaba en el lomo con un ritmo musical hasta dejarlo suavizado bajo un aspecto de estatua, de algo petrificado, como de piedra pómez. (Parpadeos)
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