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viernes, 29 de mayo de 2015

Porque yo...

Porque yo crecí en el murmullo de las historias, los filandones, las tertulias de sobremesa y aquellas narraciones de guerra, lobos y bondad de mi abuelo. Porque, más tarde, los muros orlados de libros de los que mis padres llenaron la casa siguieron alimentando mi fantasía.

Porque yo leí a los Cinco, los Hollister, la serie de los Elige tu propia aventura y la de Dungeons & Dragons. Y más tarde me miré en Los ojos del Dragón, y recorrí caminos sombríos con Bilso Bolsón, Frodo, Gandalf y aquel deslumbrante Aragorn en El Hobbit y El señor de los Anillos.

Porque yo quise que Santiago Nasar alcanzara la puerta de casa antes de que se cerrara, a pesar de que ésa era la Crónica de una muerte anunciada, y me embobé ante el Coronel Aureliano Buendía y la historia exuberante, frondosa, mágica, que envolvía sus Cien años de Soledad en el cálido Macondo. Porque ese lugar se me tornó un mito sólo comparable a la Comala de Pedro Páramo; la nómina más tarde engrosada con la Praga ausente donde Gregorio Samsa vivía su Metamorfosis y el Condado de Yoknapatawpha en el que El Ruido y la Furia sacudían, inclementes, el sur de los EE.UU.

Porque me he sentido testigo de la dictadura cruel de Rafael Leónidas Trujillo en La Fiesta del Chivo y he escuchado la voz de Antonio Conselheiro, en Canudos, durante La Guerra del fin del mundo. Porque he pisado la isla remota en Manhattan Transfer, reconociéndola más tarde en la Trilogía de Nueva York, y viviéndola con estrépito en Windows on the World; porque entre sus calles de aspiración infinita he creído reconocer al Sueco Levov de la Pastoral Americana, a Herzog el de las mil cartas y hasta al Holden Caulfield de El Guardián entre el centeno.



Porque hubo un día en que creí que no sería capaz de asimilar todas las sensaciones de las frases infinitas de El Jinete Polaco, que me estremecí con Martín, Bruno y Alejandra en Sobre héroes y tumbas y sentí que aquel Tomas de La Insoportable Levedad del Ser se estaba dirigiendo a mí. Porque he acompañado a Stoner en sus desdichas y he tenido la impresión de que alguien me espiaba desde las páginas del Libro del Desasosiego, retándome como lo hacían en La tentación del fracaso.

Porque he visitado El Aleph, y sé que existe, y conozco la inabarcable felicidad de su universo.

Porque navegué en el Pequod, y me sentí cercano al Capitán Ahab en la persecución de Moby Dick.

Porque, en el fondo, soy uno de Los Detectives Salvajes y le debo horas de felicidad a una lista casi interminable en la que, en este instante aleatorio, destellan Marías, Vila-Matas, Fresán, McCarthy, Cortázar, Bioy Casares, Cervantes, Shakespeare, Tizón, Lowry, Onetti, Olmos, Fernández-Mallo, Cercas, Pàmies, Landero, Fuentes, Arlt, Bryce Echenique, Franzen, Hornby, Easton Ellis, Pynchon, Ellroy, Eco, Ford, Díaz, Schulberg, K. Dick, Nabokov, Bradbury...

Porque cada vez que empiezo un libro lo hago con un sentimiento purísimo de ilusión, y siempre que concluyo el viaje en uno de ellos me invade la nostalgia. Porque leer me ha hecho más libre, menos prejuicioso, más sabio, valiente y racional; porque de las páginas de un libro siempre he salido con un horizonte de miras más amplias y libres, sin las restricciones de lo obligatorio o los corsés del pensamiento único, más cerca de mí mismo de lo que lo estaba antes de comenzar esa lectura.

Por todo eso yo aprovecharé estos días para celebrar el Libro.

V

PS: Hoy se inaugura la Feria del Libro de Madrid. Después de dos años en el escaparate de los autores firmantes, regreso a mi posición de ciudadano curioso y paseante; es la dinámica lógica de la literatura (la misma de la vida), y me siento dichoso porque me devuelve a mi posición más auténtica, la de lector.

miércoles, 15 de abril de 2015

El resumen de una inolvidable noche de música y literatura



Las Lecturas en Concierto del Espacio Librería La Victoria fueron, como prometían, un encuentro mágico, en el que la música y la literatura conjugaron sus potencias creativas para hacernos disfrutar a todos (también a mí y al teclista, Manuel Rodríguez) de un diálogo inolvidable. Durante una hora, los personajes de 'Devuélveme a las once menos cuarto', 'Duelos' y 'La intemperie de la belleza' se hicieron presentes para 'tomar la palabra' ante quienes se la jugaron por este otro derby cultural. Un poema de Pessoa y la 'Continuidad de los Parques' de Cortázar vinieron en nuestra ayuda para que la jornada no resultara tediosa y el tono de lo leído alcanzara la altura de sus respectivos magisterios.



Entre los textos escogidos para esa noche inolvidable, causó una agradable sorpresa Eiryn, un relato publicado en la revista Paralelo Sur en el año 2005, y que recupero al final de este post a petición de quienes lo escucharon allí. Para ellos, y para cualquiera de vosotros al que le agrade acompañarnos de forma virtual, aquí está el resumen de esta primera experiencia de concierto.

V





EIRYN

Víctor Charneco


Nada sé del despropósito en que me he convertido. Ni siquiera por qué vivo obsesionado con Saint Patrick Street, con la ciudad de Cork y su halo de malditismo. Puede que fuera aquel barco hundido tras partir de sus muelles, el naufragio de un ostentoso modo de vida, o quizás sólo sea que la chica más enigmática que jamás he conocido siempre hablaba del prodigio de esta calle edificada sobre las aguas. Entornaba los ojos, y a través de las pestañas rojizas, podía ver cómo el intenso gris se empañaba de recuerdos. Asustada ante su repentina fragilidad, Eiryn encogía los hombros, como si quisiera esconderlos en su cuerpo menudo, y rehuía las miradas del resto. Jamás supimos que significaban las lágrimas esbozadas, los silencios sobrevenidos y esa terca determinación a que nadie violentara el espacio íntimo de sus miedos y pensamientos. A veces creo que sólo fuimos la zona cero de su nueva vida, las circunstancias sobre las que se propuso edificar una identidad sin mancha, para, desde ella, tratar de estrenar una existencia inviolada. Si así fue, con nosotros lo consiguió sin matices. Nadie podría decir de Eiryn nada más que era una chica irlandesa, puede que de Cork, o que al menos había residido allí una larga temporada, pelirroja, menuda, y que vivió un año con nosotros en Madrid. Apareció por el piso de estudiantes que compartíamos la mañana del 16 de septiembre del año 94, con un gesto a medio camino entre la extrañeza y la disculpa. Supimos que se había marchado la mañana del 16 de septiembre del 95, cuando nos levantamos para ir a comprar la comida de la fiesta de aniversario que queríamos preparar como sorpresa esa noche. Hace cuatro años, tres meses, dos días y tres horas del momento en el que, camino del baño, descubrí la puerta de su habitación abierta, la cama hecha, el armario y las estanterías vacíos, y un sobre solitario encima del edredón…


Incluso hoy, cuando reconstruyo lo que he dado en llamar el año Eiryn, recuerdo que, desde el primer día, me llamó la atención la facilidad con la que se sonrojaba y el precipitado enroque con el que huyó de las explicaciones. Escudada en su escaso dominio de nuestra lengua, apenas nos susurró su nombre y el país de su procedencia. ¿Estudiante?, preguntó Mateo con la despreocupación de su primer año en la independencia universitaria. “No… Sí… No sé…”, su respuesta. Con el jeroglífico aún vibrando en nuestros oídos, murmuró una disculpa y se encerró en la habitación.
Los primeros tiempos de su estancia en nuestro piso se configuraron como una huida permanente. Eiryn parecía aprovechar las rendijas de nuestras existencias para desarrollar la suya. Su presencia era como la de un espectro perseguido por las estancias de un monasterio, apenas unos pasos intuidos por el pasillo, o el crujido de una cazadora mientras salía a la calle. No comía con nosotros, jamás veía la tele en la sala común y escapaba a las calles cuando los demás regresábamos a casa. “El fantasma irlandés”, le puso Mateo, alargando en extremo el gracejo. Aunque es posible que, en el chiste, diera con la auténtica esencia de nuestra compañera.
Una ignota habilidad para detener fugas de agua fue el puente que me acercó a ella. La escena de una fría mañana de diciembre en la que la cisterna del baño no consentía en detenerse carece de la magia que se le supone a los hechizos de amor. Cumple, sin embargo, con la realidad de un encuentro que yo, intrigado por su enigma, trataba de propiciar en vano. Eiryn, abochornada por lo que consideraba un torpe estropicio, me pidió ayuda para abortar la fuga. Yo tomé su mano tendida y ya no la quise soltar nunca.

Desde ese día, me convertí en el cicerone de la joven pelirroja y en su atribulado profesor de castellano. Yo fui quien la acompañó a la academia en la que perfeccionaría el idioma y el que le señaló en las páginas salmón del periódico la oferta del empleo con el que solventó los costes de su estancia. Como una sombra querenciosa, también fui yo la persona que la esperó cada noche a la salida de la pizzería, incansable en la persistencia de mi fascinación por ella, para robarle sonrisas, perseguir confesiones y hallar espacios de confidencia. Esos momentos, en los que el sueño y la soledad la acosaban, eran los únicos en los que flaqueaba su celo vigilante. Sólo entonces, ante una pinta de Murphy’s –“Nada tiene tanta fuerza evocadora como esta cerveza, Joven Frodo”, sonreía- podía encontrar retazos deslavazados de su existencia. Esos ratos, como un sortilegio, me procuraban el deslumbramiento de un paisaje descubierto entre los retazos de una densa niebla.
En el invento de esas madrugadas habló de Cork, de Saint Patrick Street, de una vieja librería universitaria en la que se habían cimentado muchas de las cosas que siempre sería. Bajo las luces del pub, las irisaciones de sus ojos crecían vertiginosamente, convirtiéndose para mí en una espiral turbadora. Sus cabellos parecían inflamarse, como si la noche alimentara el fuego que en ellos habitaba, y el rostro, pálido y perlado de pecas, adquiría una luminosidad de cera encendida. “Allí me enfermé de literatura, Joven Frodo. En los libros de sus anaqueles curé mis arañazos superficiales y apliqué árnica sobre las heridas más profundas. Hay dolores que nunca sanarán, del mismo modo que hay recuerdos que siempre se mantendrán en la memoria, punzantes e insalubres como un reducto de pus bajo una costra cerrada en falso, pero en Holly Library recibí el oxígeno que me salvó de la asfixia. No quieras saber más, nunca me preguntes lo que exceda de lo necesario, tampoco quieras forzarme a confesiones que no deseo hacer. Vale con que entiendas que, real o imaginado, conocí el paraíso en una librería vieja y polvorienta, en el corazón de una calle edificada, como por ensalmo, sobre las aguas de un río”.
Sus palabras quedaban impresas en mi memoria alucinada y, si en mi mente inmadura se formaba un rechazo, Eiryn, experta en leer las arrugas de mi rostro, borraba los pesares con una caricia leve. Era un movimiento rápido, ágil y sabio, una suerte de absolución con la que lograba que la sonrisa volviera a mis labios dubitativos. “No sufras por mis aristas, Joven Frodo, nada tienes que ver con ellas. Las oculto para que nadie se lastime con sus cortantes ángulos. No tiene sentido hacer daño a quien sólo quiere ayudarte. Y jamás podría perdonarme llenar de fango un alma bella y valiente como la tuya”, decía.

Todavía hoy guardo en mi memoria la caligrafía meticulosa de su despedida. “Tengo que dejarte o no voy a llegar. Gracias por tu luz, por la mano tendida, por el corazón sincero. Perdóname por todo lo demás y sigue siempre en la senda de este enigma. Hay anhelos que justifican toda una existencia. Te extrañaré por siempre, Joven Frodo.”.

Joven Frodo, como la letanía de un epitafio, desde la noche en que me asomé al abismo de sus labios finísimos. “Eres como Frodo, como un Joven Frodo que porta el anillo entre el temor y la determinación, siempre ajeno a su enigma. Que daría la vida por defenderlo, pero que justifica esa vigilancia en la necesidad de su destrucción”, decía con la respiración aún entrecortada. Y yo, ciego de fulgores, asperjado de sueños, trataba de asumir ese bautismo novísimo. “Everybody hurts”, cantaban los REM en el suelo, desde el aparato escondido junto a la cama. Como una funesta premonición, el anticipo de un odio hasta hoy inalterado.
Apenas traspasé el círculo en tres o cuatro ocasiones, las suficiente para crear una complicidad falseada de amantes de largo recorrido. La necesaria para que, amenazada en su reclusión, Eiryn corriera al retiro tras cada encuentro. A una noche de pasión, invariablemente, le seguían días de mutismo, de excusas y huidas apresuradas; jornadas de enfado consigo misma, como si no pudiera perdonarse el desvarío. Antes, sin embargo, se había entregado a un ritual de abandono y ferocidad, en una transfiguración en la que parecía aferrarse a la única parte de sí capaz de sentir y expresarse con libertad. Ahora pienso que sólo entonces escuchaba el latido de su corazón. Quizás en contra de su criterio.
Eiryn se marchó una mañana de septiembre, sin más palabras que las escritas. Dos madrugadas antes, la última vez que consintió en mirarme a los ojos, me dejó la pista sola de su huida. “Pase lo que pase, no tienes por qué sentirte mal”. Luego me dio la espalda, urgiendo un abrazo en el que pareció empequeñecerse. Y lloró. Lágrimas discretas, llanto sordo, casi imaginado para mí. Entonces, estúpido en mi ignorancia, no supe si debía sentir halago o temor. Hoy sé que la cuerda se había quebrado para siempre.

Tardé varios meses en asumir su marcha. Enganchado a un enigma que se había apoderado de mi voluntad, fui incapaz de valorar la pérdida. Luego, con la arrogancia de la juventud, me convencí de que regresaría suplicante, también de que podría vivir sin ella. La sugestión me generó un espejismo largo e intenso como la euforia de una droga de diseño, del que sólo caí años después. Una mañana de sol, ante el espejo, la verdad de mi insípida existencia me provocó una nausea seca. Como en una ducha frenética, me sacudí a Celia, a mis padres, el trabajo de autómata y la propia Madrid. Malvendí, regalé, metí en una bolsa lo básico y me embarqué hacia Cork.
He perdido la cuenta del tiempo que rastreé pistas entre los títulos de Holly Library, de los meses de  vagabundeo por esta calle a la que no encuentro la magia. Llegué a Saint Patrick Street cargado de ilusión, pensando que al doblar la primera esquina me encontraría con Eiryn, y ahora no hallo en sus adoquines más que la aletargante rutina de lo desconocido, un insoportable tedio por lo inalcanzado, y este hedor de las aguas corrompidas a sus pies. Puede que sea la reiteración de esa fetidez por la que perdí los nervios, o tal vez sólo quisiera borrar el único dato cierto que me dio en su vida. Quemada la librería, ni yo mismo podría negar que todo fue la invención de mi mente. Un buen sueño de una noche de septiembre, puede que una pesadilla…                

viernes, 7 de junio de 2013

Las máscaras de José Manuel Díez

He pasado los últimos días en la espiral hermosa de los versos de alguien a quien he (re)conocido hace poco por algunas de esas circunstancias que podríamos calificar de azarosas, si es que el azar no responde a un mapa previo y oculto: nacido en mi ciudad (Zafra, que tan generosa es para el talento literario, de ella vienen también las hermanas Dulce e Inma Chacón, o Pedro de Valencia, mucho tiempo atrás), es amigo de mi hermano, que nos ha puesto en contacto con motivo del premio Hiperión de poesía, en cuya nómina de vencedores José Manuel Díez ha inscrito su nombre este año. En un arreglo muy del mundo del Arte, como correspondencia a mi Devuélveme a las once menos cuarto recibí de sus manos un Baile de Máscaras; y ya no me quedó más remedio que leer.



Siete años después de su último libro de poesía (La caja vacía), José Manuel, que también lidera el grupo musical El Desván del Duende (aquí su música), ha reaparecido en la escena poética nacional con la contundencia de los más grandes, derribando la puerta de uno de los premios más prestigiosos armado con un libro redondo, sólido, admirable. Jugando a presentarse bajo las identidades de otros, Díez camufla su presencia bajo las máscaras de cada uno de ellos, no sólo tomándoles como hilo temático, sino adquiriendo el color y las tonalidades de sus formas de expresión. El resultado es una obra caleidoscópica, plural, llena de matices y verdad, en la que, sin embargo, sí es perfectamente reconocible la base armónica de la sinfonía: la voz hermosa, sensible, increíblemente precisa de José Manuel.

Baile de Máscaras es uno de esos libros que se hacen fuertes en tu biblioteca, no sólo sobreviviendo a toda mudanza, sino convirtiéndose en una de las joyas a las que recurres con frecuencia. En la mía ya comparte espacio con el Cuaderno de Nueva York de Hierro, El Poeta es un Fingidor de Pessoa, La Realidad y el Deseo de Cernuda o Los veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Mi post es una invitación a su lectura, en la que encontraréis ritmo, belleza, una original sucesión de personajes y situaciones, y un lenguaje purísimo, cristalino, certero y afilado; un manejo prodigioso de la palabras, gracias al cual el texto penetra en la realidad, encontrando razones y ahondando en ellas.

Los libros, también los de poesía, se arman con paciencia y sabiduría, manejando elementos constructivos y tratando de dar con las claves adecuadas para conseguir la empatía del lector. Uno de los requisitos esenciales es saber cómo comenzarlos, y José Manuel lo ha hecho de un modo tan deslumbrante que después de la primera página es imposible detener la lectura. Le robo ese principio:

Jamás será feliz quien no ha llorado,
quien no ha perdido el mar o acaso un puerto,
quien no ha tocado un cuerpo despidiéndose,
quien no ha saboreado la derrota.
El poeta Muslih Saadi intercambia opiniones sobre la felicidad con un grupo de mendigos sufíes supervivientes de la invasión mongol en Persia (Jardín de Bag-E Firuzzi. Shiraz, 1257) 

V

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Pessoa a la puerta del otoño

Me gusta el otoño, ya casi una realidad que olisquea los bajos de nuestros pantalones. Y me gusta Fernando Pessoa; siempre y en cualquier circunstancia, pero esencialmente en otoño, la estación con la que más lo relaciono. Me gustan ambos por separado, y de un modo muy particular juntos, los versos del portugués cuando las noches se acortan y enfrían, el hielo emboscado en oscuridades y bocacalles, el recogimiento súbito tras la vida excesiva y vocinglera del verano, El poeta es un fingidor abierto sobre el regazo en la atardecida, con la única compañía de un café humeante, nada de músicas o conversaciones.

Encuentro que ese tiempo, para muchos de transición, tiene un valor esencial, una habilidad rara y suntuosa que no está en las estaciones de paso. El otoño no son días de menudillo camino del invierno, por más que nuestra climatología se empeñe en tratar de difuminarlo con extremismos vertiginosos; antes bien, es el periodo imprescindible entre la alegre despreocupación sensual del estío (también imprescindible) y la hibernación profunda, severa, regeneradora del lapso glacial (en cualquiera de los casos, insalvable). En su seno, volvemos a nuestro ser más profundo, nos cobijamos en los hogares y, por emulación, también nos volcamos hacia dentro, evaluando, sometiendo a análisis y enjuiciando muchos de los vectores esenciales de quienes somos. El otoño es estación de hermosas luces doradas, de cielos heladores y transparentes, de insinuantes juegos cromáticos en las ramas y hojarascas en el pavimento; tiempo de melancolía, sin duda; y de tristezas para quienes no la sepan deglutir. Para mí, el momento Pessoa por excelencia.



Aunque su antología siempre está cerca de mí, e incluso acostumbra a viajar conmigo, en esta época del año aprovecho para trasladarme mentalmente hasta Lisboa (a la mía, tan hermosa y decadente, y también a la suya, que no supo tratarle como merecía) y revisar los fragmentos eléctricos, inquietantes, del Libro del desasosiego, la realidad descarnada, contundente, hiriente en su lucidez, de Tabaqueria, los susurros airados de Lisbon Revisited o ese certero compendio de la condición humana que es el poema encabezado por el verso "Si te quieres matar, ¿por qué no te quieres matar?". Cuando lo hago, sé que estoy en otoño, que dejé atrás el verano y camino hacia un nuevo invierno, hacia el cierre de un año más.

¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
(Tabaqueria)


V