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domingo, 19 de febrero de 2017

Soy. Ante las 'Abstracciones Poéticas' de David Rodríguez Caballero



Somos todo lo vivido, qué obviedad, las risas, las lágrimas, los recuerdos que se nos impresionaron a fuego en las circunvoluciones del cerebro, el hambre y los lamentos, el luminoso hallazgo de lo que nos desarbola, y la aterradora ligereza que experimentamos cuando somos conscientes de nuestra fragilidad. Somos un listado infinito de influencias, muchas de las cuales no tenemos registradas conscientemente; nos cuesta identificar el beso que terminó con la inocencia, las muertes que nos demolieron, la primera vez que sentimos el latigazo urgente de un deseo oscuro, o ese aleatorio cruce de caminos que cambió nuestra trayectoria cuando más firme y definitiva parecía; tenemos problemas para reconocernos en las debilidades, las culpas o las mezquindades, por más que estén y nos determinen.

Algo tendrían que contar las estaciones, algo dirán las terminales de aeropuerto, los bares donde nacieron cinco de nuestras canciones, las noches en que tu chica te decía: 'Nunca más'.
Quedó algo de nosotros en esos lugares, en el lavabo de señoras y en el puerto, en la butaca del cine, en una boca de metro, en todas esas esquinas que solíamos doblar.

Yo soy el fruto de domingos infinitos, invencibles, que se alzaban sobre la rutina de la semana y parecían llenar de luz cada rincón, cálidos y seguros como el refugio del edredón en las madrugadas en las que todo se llena de aristas; pero soy también esas madrugadas interminables, con sus mil callejones oscuros, amenazantes, y la determinación de seguir caminando, siempre e innegociablemente. Soy el resultado de horas en terminales de aeropuerto, en estaciones, en bares, de la sensación fascinante del descubrimiento -ciudades, libros, películas, personas; descubrir es un acto poliédrico-, de la determinación, la esperanza y el sueño; soy el insensato que todavía cree, y que seguirá haciéndolo hasta el último suspiro, buscándose en los universos paralelos, en los coches donde no pensaste jamás que subirías, en las novelas y la cadencia armónica de la carrera, en la afirmación de lo que crees por encima de las conveniencias y las circunstancias. Soy una voluntad consciente y decidida, un deseo que no está dispuesto a ceder, adaptado o en transformación, pero todavía vigente, siempre vigente, irreductible, inasequible al conformismo o la rendición.

Soy el resultado de las experiencias que tuvieron la capacidad de dejar una huella en mí, que atraviesan mi universo y dejan en él una trepidación reconocible, movilizadora, un estímulo que me desafía para ponerme en marcha. Soy quien lleva días dándole vueltas a este post después de haberme renovado en el deslumbramiento por la obra del escultor David Rodríguez Caballero, de sentir que en sus 'Abstracciones Poéticas' había una llamada tan poderosa como esas marañas de metales que juegan con la construcción del espacio y la luz, livianas en su rotundidad y capaces de reinvertarse en cada perspectiva, hermosas y elegantes, afiladas. Soy quien lleva en sus retinas los trazos seguros, lúcidos y brillantes, de sus marañas de pared, esos dibujos en metal que se muestran hipnóticos a la mirada, que captan tu atención desde el otro lado de la sala y no te permiten alejarte de ellos, atraído por la red infinita y delicada de sus líneas entrecruzadas. Soy el que extiende la mano y deja que sus dedos se electricen con la fuerza de las máscaras, las yemas sintiendo la tradición telúrica de su origen en la superficie arañada, surcada por las vetas del lijado, irisada por la luz, como si incluso ella necesitara un permiso especial para deslizarse por los caminos dorados del latón; soy quien mira esas piezas, una y otra vez, y siente que el tiempo se le escapa veloz, que necesita sentarse, levantar la pantalla del ordenador y retomar la sinfonía de las pulsaciones sobre el teclado, de tratar -tantas veces en vano- de reproducir con palabras el bellísimo ritmo de esas obras inolvidables, de engranar en un texto el turbión de ideas y sensaciones.



V

lunes, 22 de octubre de 2012

Wio como un llamador

Me sucede con frecuencia, de un modo difícil de explicar, tendente a lo irracional y obsesivo; por eso mismo, con un magnetismo poderoso, indescifrable, fértil. Cada cierto tiempo, un disco o una canción se apoderan de mí; entonces lo escucho constantemente, cada vez que me pongo las zapatillas para correr, la totalidad de las horas que paso en el coche, o cuando paseo por la ciudad cazando imágenes, persiguiendo ideas. Siempre una misma banda sonora, repetida hasta el absurdo, insertándose muy profundamente en las circunvoluciones de mi cerebro y obteniendo respuestas de ellas; al principio lejanas, difusas; más tarde, reconocibles; por último, capaces de obtener una respuesta en mí, de actuar como un llamador sobre mi creatividad.

Escribí Duelos mientras escuchaba Mentiroso, mentiroso de Iván Ferreiro, la mayor parte de las veces corriendo por Central Park; en otros casos transitando la extensión incomparable de Manhattan. Durante la más larga escritura de "Devuélveme a las once menos cuarto" mis compañeros principales de viaje han sido Nacho Vegas, Quique González y Love of Lesbian. Por supuesto, hubo otros muchos músicos y CDs, pero cuando vuelvo atrás la mirada, los discos de esos tres artistas se repiten en una medida desproporcionada, cálida, hospitalaria.

Y, precisamente, es Love Of Lesbian quien más me está acompañando en la primera parte del proceso de escritura de esta nueva novela. Su disco La noche eterna. Los días no vividos salió a la venta cuando se ultimaba la presentación de Devuélveme..., y desde entonces, ha venido conmigo a cada lugar donde he estado. Particularmente, su canción Wio se ha convertido en ese llamador del que hablaba; porque fue la primera que escuché cuando adelantaron el contenido del álbum, por la llegada de ese ruido "a las diez menos cuarto", tan cerca de nuestras once menos cuarto, y por algunas de las líneas de su letra. Es especial, única, y contiene muchas frases que considero acertadas y sugerentes: "En un cóctel agradable de noticias, menos las tuyas"; "sé que la culpa la tiene esa antena gigante, la instalaron sin permiso y hace el alma estallar. Al igual me he vuelto loco y a mi edad me ha dado por oír mil voces"; también "Y si el ruido es todo lo que sé".

Pero sobre todo, repito como un mantra: "Constelaciones de gente como un planetario, vecindarios que se ignoran en sistema dual. Parabólicos y obsesos que en la noche se sinceran y se crecen, qué valientes".


Y más tarde: "Alguien en una terraza ha gritado te amo, una suave interferencia culpa al viento solar. Un poema embotellado que en estéreo ha aterrizado en mi inconsciente".

Para terminar así: ¿Lo ves? Si somos dos islas en un mar que es gris ciudad. ¿Y quién? ¿Quién de los dos se atreverá a nadar?"


Pero la música también se interpreta conforme a la propia sensibilidad subjetiva; así que juzgad vosotros:




V