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lunes, 1 de agosto de 2016

40

Quiero creer que la que abandono es sólo la primera mitad de mi vida, y que, por tanto, todavía me espera la felicidad de volver a vivir todo lo que ha convertido estas cuatro décadas iniciales en una experiencia imperecedera. Confío en que la nueva edad -tan mítica, tan temida, tan Nate- tenga los arrestos de superar el millón de momentos inolvidables que han hecho de los treinta un recorrido fructífero, gratificante y fortalecedor, un camino en el que, por fortuna, los desafíos han sido afrontados, y en la correcta combinación de los matices, superados. No diré que todo fueron alegrías, ni tampoco que no me dejé sueños, ilusiones o fuerzas en esa travesía de días, inviernos y largas caminatas bajo el sol, pero en el umbral último y plateado de sus años, puedo decir que los treinta merecieron la pena, que disfruté viviéndolos y que salgo de ellos fortalecido, curtido por las experiencias, maduro pero con hambre todavía, dispuesto a seguir porfiando porque los meses no me transiten la piel con la desidia fría de lo abúlico.

40. Desde este primer día de agosto ésta será mi edad, la iniciada por el cuatro, mi quinta década, un espacio en donde parece lógico suponer que seguiré afrontando momentos de cuya capacidad transformadora no podré sustraerme. No tengo miedo al futuro. Quizás en algún momento de mi vida sentí los vértigos de lo desconocido; ahora no, no me preocupa lo que está por llegar, me siento con la energía, la determinación y la mentalidad necesarias para hacer frente a cuanto se presente ante mi ojos; no desviaré la mirada, no rehuiré la pelea, nunca, jamás, me rendiré ante circunstancia alguna; todo lo viviré con la intención de apurar el trago de sus enseñanzas, transitaré con entusiasmo cada jornada y continuaré en la búsqueda constante de aquello en cuyas líneas consigo leerme, luchando por reconocer mi voz en cualquier cosa que me implique; sin temor a que mis huellas se reconozcan sobre el terreno.



30. Adiós a esa década imprescindible en la que ascendí peldaños que en ocasiones creí imposibles; en los treinta me marché a Nueva York para soñar los 'Duelos' que, casi cinco años después, vieron la luz en el tramo final de 2013; también escuché los estruendosos susurros de Martín, de Bruno y de Edna para escribir el 'Devuélveme a las once menos cuarto' que en 2012 me permitió culminar el tránsito improbable y mágico de la escritura. En este tramo de mi existencia, además, llegó 'La intemperie de la belleza', todavía en el malabarismo de las posibilidades, y ese otro experimento de fractales entre la realidad y la ficción de cuyo puerto de destino no tengo todavía la coordenadas; vinieron todos ellos, y las ideas que me fluyen y desvelan, el salto al vacío de la creación y su hambre pertinaz, sólida, tan adictiva como imposible de evitar, la inquietud constante, la insatisfacción permanente, el intenso placer del texto concluido. La cuarta fracción de mi vida está marcada por la literatura, pero sería impensable que ella hubiese desbancado a la vida: en este tiempo conocí la tristeza y el amor, me llené las pupilas de lugares prodigiosos y pisé escenarios que jornadas antes me era imposible aventurar; 33, 35, 38... las escalas de este viaje se me agolpan en la memoria con imágenes de amigos, experiencias, familia y conexiones mágicas, con el compromiso en azul que ahora inunda mis sentidos.

Paso, pues, por la estación dorada de los 40, pero lo hago para continuar con el viaje. Me podréis encontrar donde siempre, refugiado en la tranquilidad de un libro, con la percepción desaforada en los pasillos de un aeropuerto, disfrutando del placer de la comida o de la charla con amigos mientras compartimos una botella de vino; estaré refugiado en los callejones de la ficción y caminando con determinación por las avenidas amplias, luminosas, también concurridas y hasta caóticas, de esos escenarios impredecibles que son las existencias personal y profesional; daréis conmigo en los paseos, en las sonrisas, en la determinación por seguir adelante y en el compromiso por coronar cualquiera de mis potencias. Estaré en todos esos lugares, como siempre, con idéntica disposición para vosotros y el mundo; despierto, ilusionado, hambriento, satisfecho, comprometido con Víctor y urgiéndole para que consiga ser Víctor, mejorar a Víctor, retar a Víctor, superar a Víctor, querer a Víctor...

V

viernes, 13 de marzo de 2015

Las manos prodigiosas de Paco de Lucía

Su desaparición, hace algo más de un año, causó un estupor que, de tan profundo, tuvo un efecto de vacío; nos habíamos quedado sordos y, terminada la alharaca de la sorpresa y los oportunismos, sólo una honda conmoción permaneció prendida en el alma de los flamencos, apegada a la sensibilidad de quienes fiamos nuestro bienestar al arte. Se había marchado uno de los talentos más grandes que hemos contemplado en las últimas décadas, las manos prodigiosas de un guitarrista único, la genialidad del hombre que dejó tras de sí un legado inmenso, lleno de novedad y sabiduría. Estábamos sordos, pero como sucede siempre que se pierde un sentido sin aviso previo, no nos enterábamos de lo que sucedía, alucinados en el gesto, convencidos de que la ausencia de sonidos era, en ese instante, el nuevo sonido del mundo.


Se fue Paco de Lucía, pero su presencia se ha mantenido durante estos meses, acrecentada en los últimos tiempos, o vuelta a los ojos de quienes ya se olvidaron de su pérdida, gracias al documental ‘Paco de Lucía: la búsqueda’, dirigido por su hijo, Curro Sánchez. La cinta es un testimonio emocionante, un canto a la belleza y el compromiso que hace tambalear los cimientos de quien la ve, no sólo trastocado por el talento y la creatividad de ese hombre, sino apelado por su capacidad para el trabajo, por su ambición artística, por esa incansable búsqueda que está en el título y él deja ver con una fascinante desnudez espiritual desde el inicio, jamás contento con el resultado de su pesquisa, siempre buscando algo más, urgido, angustiado, exprimiendo hasta el último átomo de su vibrante energía para conseguir mitigar su sed.



Paco de Lucía deslumbró al mundo desde muy joven, mostrando dentro y fuera de nuestras fronteras un modo de hacer música tempestuoso, nuevo, lleno de influencias y valentía. Porque primero tuvo la capacidad de convertirse en un alumno virtuoso e igualar a sus maestros, y sólo después de una conversación fascinante con Sabicas, en Nueva York, fue consciente del tamaño descomunal de su desafío. Tras esa charla nunca volvió a ser el mismo guitarrista, embarcado ya en la búsqueda de su voz, empeñado en encontrar su autoría, hambriento de límites, también devorado por la desazón de no alcanzarlos nunca, siempre queriendo más, ardiendo en la indagación. La persona que se muestra ante la cámara es un artista insatisfecho, no descontento de su aportación y tampoco infeliz por su lugar en el universo, pero sí necesitado de más, exigiendo de su don innato el máximo posible, sintiéndose en deuda con la naturaleza y con el resto de los humanos.

Y eso es mucho decir para un hombre que revolucionó el flamenco, alguien que, como él mismo reconoce en la película, tuvo la suerte de conocer a Camarón de la Isla y de verse influenciado por él, de establecer con ese otro cantaor prodigioso un diálogo de genios que elevó el listón de ambos hasta umbrales imposibles. Dos prestidigitadores que alcanzaron los límites del mundo en el que se movían y los superaron, con valentía y decisión, enriqueciendo su género, también recibiendo el ataque feroz de aquellos a los que su osadía y brillantez dejaba en evidencia, empequeñecidos ante la talla de esos jóvenes insolentes. Sonreí con el alarde de cerrazón de uno de los referentes de la época (ahorrémonos el nombre) que en un desahogo de mezquindad dijo de Paco de Lucía que no era un guitarrista, sino sólo un chico listo de dedos rápidos. Y con otra cita de Camarón muy similar a una que ya conocía por otra artista valiente, la bailaora Sara Baras, en la que el de la Isla afirmaba no preocuparse por la opinión que otros tenía de lo que hacía, porque sabía que no le comprendían y tardarían un tiempo en hacerlo. En las manos de Paco de Lucía, en la garganta de Camarón de la Isla, en los pies de Sara Baras, en las palabras mágicas de García Márquez o en el pulso firme y decidido de Mark Rothko están las balizas de un camino que conduce a lo auténtico; seguirlo es el desafío.




V

jueves, 12 de febrero de 2015

Al menos veinte razones

Hay a quien le cuesta arrancar los años, o tal vez sean sólo los últimos, los más recientes y menos amables, no lo sé, es cuestión de perspectiva y subjetividades. Cuesta arrancarlos porque concluimos sin resuello el ciclo anterior, fatigados, llenos de magulladuras, queriendo que la flor de hibisco de la esperanza no se nos marchite bajo el peso inmisericorde de la realidad, de esa miríada de pequeñas cuadrículas fractales que construyen la realidad. Cuesta arrancarlos, pero los arrancamos, empujados hacia adelante por el deseo de seguir creyendo, manoteando en el vacío hasta encontrar un asidero al que aferrarnos para comenzar la edificación de ese nuevo episodio biográfico. Arrancamos, aunque cueste, porque como nos dejó cantado hace algunos años el mejor Sabina (aquí anclado a su cuate Serrat), todavía nos quedan 'Más de cien mentiras':



Por eso hoy, y un poco al estilo del juego que hicimos a propósito del Me acuerdo de Brainard, quiero aventurarme con algunos de los motivos que nos llevan a arrancar siempre y en cualquier escenario, sin que finalmente importen las ganas o los sinsabores, con ímpetu o apenas imponiéndonos a la remolonería de quienes, como Bartleby, preferirían no hacerlo. Aquí van mis 20 razones, las que me surgen en el latido de lo instintivo, a las que les gustaría reunirse con las vuestras:

1. La literatura. Los libros que todavía no hemos leído y aquellos a los que nos apetece regresar; todas las palabras de cuya magia aún no somos presa, esas otras que queremos escribir, aunque quizás todavía no lo sepamos.
2. Los sueños que nos esperan en las noches todavía por llegar, esas mágicas secuencias de imágenes, desérticas, húmedas o plagadas de monstruos; la cinematografía de nuestro cerebro.
3. El otro cine, el que nos llega desde el talento de terceros generosos y arriesgados. Las narraciones de Ford, Kubrick, Aristaráin, Malick, Campanella, Tarantino, Almodóvar, Trueba, Spielberg, Wenders, Von Trier, Gay, León de Aranoa, Truffaut, Sorrentino...
4. Las conversaciones, las que se extienden toda la madrugada o nos apartan de las tareas pendientes; las charlas futuras, llenas de ideas que todavía no somos capaces de concebir.
5. Los amigos, en esas conversaciones y en todas las aventuras venideras; en la cercanía del abrazo y el placer inmenso de la camaradería, ese saberse fuera de todo juicio.
6. La música, todas las músicas y de cualquier género, la inmortal potencia de los Rolling Stones, Battiato, U2 o Brian Ferry, el jazz imperecedero de Miles Davis y Charlie Parker, la cercanía estremecedora del Sabi, los Love of Lesbian o Vetusta, las caricias del fado, el flamenco y el tango; sus desgarros.
7. Por escuchar una vez más 'Famous Blue Raincoat' de Leonard Cohen. O el resto del engranaje de sus discos.



8. La sangre, ese vínculo todopoderoso, indestructible, lleno de fuerza y hermosura; los padres, los hermanos, esos otros familiares que supieron convertir la lejanía en vecindad.
9. El próximo amanecer, con ése sería suficiente. Por todos los demás, sin límites ni ansiedad.
10. Por la risa. O casi mejor, por la alegría; con la conjura de pelear siempre por ellas, porque la tristeza llega sola, sin ser invitada.
11. Por la tristeza también, reivindicando la necesidad de su existencia, la posibilidad de crecimiento que anida en sus rincones umbríos, la luz de las sombras.
12. El viaje, irnos al otro lado del mundo y maravillarnos con una ciudad nueva y desconocida, asistir al deslumbramiento de la vida a miles de kilómetros, en un universo donde nada de lo que nos ata y parece imprescindible existe; comprobar que somos existencia y no posesión.
13. Por la espera del amor o el disfrute de sus mieles, si ya se tiene; por el éxtasis de los enamoramientos y las endorfinas de los orgasmos, por la ilusión y su capacidad para dar barnices luminosos a la existencia, no importa cómo de acentuados sean sus grises.
14. Pero también por los desamores y su lenta, inexorable, terrible, demolición; porque en su desilusión se esconde una capacidad de renacimiento que sería impensable si no se nos sometiera a su desolación; para que cada final sólo sea la excusa para un nuevo principio.
15. El placer de la comida y la bebida, el foie, los pescados, las carnes curadas, los alimentos frescos y fragantes, el vino; la resonancia de una copa de vino en la compañía adecuada, quizás apenas la propia.
16. Los kilómetros que le quedan por recorrer a mis zapatillas, los miles -quién lo diría- que ya se apelotonan en sus fibras, la disciplina del esfuerzo y su segura recompensa; el deporte como una escuela de los límites y un administrador de las tranquilidades.
17. Tú. Sí, tú. Aunque no lo sepamos ahora ni tú ni yo.
18. Por la verdad de unos ojos que miran, de las miradas que son capaces de reconocerse; por la cristalina lucidez de las pupilas que siguen ansiosas por mirar, deseosas de conocer.
19. Porque debo regresar a Nueva York, a París, a Roma, a Rio de Janeiro y a Buenos Aires, porque hace tiempo que me esperan en Londres y en Berlín; y porque sería un delito marcharme sin haber recorrido la Perspectiva Nevski de San Petersburgo, el Shibuya de Tokio o el One Central Park de Sidney.
20. Por mi voz, por la conquista de mi voz, por la necesidad que otros puedan tener de mi voz, por la aventura de seguir descubriendo esta voz, de ahondar en ella y encontrar la sorpresa de sus matices; por las vuestras, o mejor por la combinación de vuestras voces con mi voz, por la experiencia conjunta de vivir y ese exótico deleite de mezclarnos, de mestizar nuestras almas.

V

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Elle y David Rodríguez Caballero

Una de esas sorpresas que consiguen alegrarte las mañanas -cada vez más grisáceas, frías, hermosas- del otoño: encontrar en las páginas de la revista Elle que el artista David Rodríguez Caballero, desde su magnífico refugio creativo de Nueva York, recomienda la lectura de "Devuélveme a las once menos cuarto". Saliendo de tomar un negroni en The River Cafe, parando a extasiarse con las vistas desde el Roof Garden Cafe del Metropolitan y con mesa reservada en el Sakagura; al lado de Henry Moore y Jacques Lipchitz, para que el vértigo sea total y estimulante, retador...



V

lunes, 23 de julio de 2012

El inspirador arte de Rodríguez Caballero

Estos días he tenido la suerte de hacer una visita al estudio del artista David Rodríguez Caballero en las afueras de Madrid, una nave de 400 metros, efervescente de obras e inspiración. Caminando entre el amplio centenar de piezas terminadas o en proceso de producción que recubren su espacio, he entendido -una vez más- el por qué de su trayectoria siempre ascendente. Cobijado en pasillos de aluminios, latones y cobres, he recuperado el pulso íntimo y demoledor de la creación, esa descarga eléctrica que te sacude en lugares o por razones no siempre esperados. Entre las formas geométricas, de aristas limpias, de sus trabajos, Rodríguez Caballero había encriptado de nuevo la más sólida de las lecciones que de él he obtenido siempre: sólo por medio del trabajo y el compromiso se consigue alcanzar la obra definitiva, rematar la ascensión -un tanto iluminada- hacia el anhelo de belleza que ambiciona tu sensibilidad.



David Rodríguez Caballero vive entre Nueva York y Madrid y, sobre esos dos destinos esenciales, va consolidándose como una de las referencias imprescindibles del arte contemporáneo español. Viene de triunfar con Recent Works, la exposición que colgó en Marlborough Chelsea (NYC) el pasado mes de febrero, y ya prepara (con piezas tan hermosas como las de la imagen), la muestra que en la sede madrileña de esta prestigiosa galería abrirá el próximo noviembre. Si os interesa la delicada elegancia de sus esculturas, la potencia que desarrollan en el espacio (que atrapa y fascina al ojo humano), y el hipnótico efecto de su etérea liviandad, no podéis perderos su trabajo. Con algo de suerte, quizás os suceda como a mí y os movilice con el influjo inspirador que sus obras de arte desprenden.

V